
Luego de 20 minutos llegamos y quedamos
impactadas por la tranquilidad del
ambiente. Creo que desde que regresé al país a finales de agosto no había sentido
tanta paz y tanto agradecimiento. La palabra aquí fue reconciliación. Luisanna
estaba maravillada y comenzó a explicarme muy detalladamente cómo se llamaba
cada parte de Caracas en esa gran maqueta vista desde el cerro. El Banquito,
muy pequeño, tenía dos banquitos de madera y un troco, justo al frente de la
ciudad, ahí mi amiga y yo nos sentamos a respirar profundo.

Mientras caminábamos podíamos notar cómo la
vegetación cambiaba. Ahora veíamos helechos rosados y las cortezas de los
árboles muy pronunciadas, tanto que Luisanna comentó que sentía como si el
árbol en cualquier momento nos hablaría. El camino ahora era más angosto, la tierra
húmeda, las pisadas distantes, y siempre en subida.
Cuando llegamos al Refugio No te apures no lo
podíamos creer. Estábamos felices. Eso había sido lo más alto que habíamos
subido, ya que siempre llegábamos hasta Sabas Nieves. Solo había dos pequeños
grupos de personas conversando. Y nosotras emocionadas sacamos nuestros
celulares para tomarnos fotos. Fue hasta ese momento cuando nos dimos cuenta
que teníamos poca batería en nuestros equipos y como provisiones un paquetico
de Dandys (chocolate en forma de esferas) y una botella de agua de 500
mililitros. Fue en ese momento también cuándo decimos preguntar cuánto tiempo
teníamos que caminar para llegar hasta La Silla.
—Una hora—un muchacho respondió.
Y las dos nos vimos nuevamente, sonreímos, y dijimos:
“¡Vamos!”.
En busca de La
Silla
Comenzamos a subir y a subir, y poco a poco la
neblina nos cobijó, rosaba nuestros rostros, y también hacía sonidos al chocar
con las plantas. Veíamos, de vez en vez, a alguien venir en sentido contrario.
Era muy solitario. Hasta que el mismo muchacho al que le preguntamos sobre el
tiempo pasó con un acompañante y con un par de cornetas con música celta o algo
por el estilo. Fue inevitable pensar que eran de una secta pero igual
continuamos detrás de ellos, a una distancia prudencial o más bien a nuestro
ritmo, sin ánimos de decir que caminamos lento jajaja.
Mientras caminábamos sentíamos que se nos hacía muy
larga la llegada hasta La Silla, ya estábamos muy cansadas y Luisanna comenzó a
distribuir el paquetito de Dandys. Nos tenía que rendir, así que comíamos uno
cada una, cada 20 minutos o menos. Cuando raramente veíamos a alguien que venía
regresando le preguntábamos sobre el tiempo.
—Bueno… A su ritmo… Como dos horas…—decían
“chistosos”.
—¡Qué! ¿En serio?— replicábamos nosotras.
—No vale, como hora u hora y media— agregaban al
final.
Yo pensaba que igual era el mismo tiempo. Así que
Luisanna y yo decidimos que si a las 2pm no habíamos llegado a La Silla
abortaríamos la misión. Ya era la 1pm.
Siempre el camino se hacía más angosto, la tierra
cambiaba de color y parecía que más bien nos estábamos metiendo en el cauce de
una antigua cascada, por lo profundo, rocoso e irregular, por lo alto. Ya
teníamos casi cinco horas caminando desde que habíamos comenzado
aproximadamente a las 9:30am. Nos encontramos un boliviano-ecuatoriano (aún no
sabemos con certeza su nacionalidad) y nos dijo que faltaba como una hora
(“pero a su ritmo”… bla bla bla), y como dijo que podríamos ver el mar, eso nos
animó. Pienso que mucho más que nuestra dosis calculada de Dandys.
Luego de mucho tiempo, pero creo que antes de las
2 pm, llegamos a un lugar con dos rocas gigantes, había un grupo de cinco
personas. Nosotras decidimos pasarles por un lado, pero en ese instante, como
si una fuerza en el ambiente nos obligara a preguntar (de nuevo) cuánto faltaba
para llegar a La Silla, lo hicimos.
—Está es La Silla— dijo uno de los chamos.
Y nosotras no lo podíamos creer. Dos piedras,
muchísima vegetación por todos lados. No era para nada como un mirador y para rematar
el cuadro: neblina, mucha neblina, excesiva neblina. Adiós mar, no te podríamos
ver.
Al ver nuestro aspecto, solo un koala, nuestra
“reserva” de agua” y nuestras caras (pienso que estaríamos pálidas) nos
preguntaron si era nuestra primera vez y nosotras orgullosas les dijimos que
sí. Le explicamos lo de nuestras “provisiones” y fue inevitable que todos
riéramos. Nos ofrecieron un par de cambures, que para mí fueron la gloria. Casi
que sentía cómo el potasio se incorporaba a mi cuerpo. En ese instante nos
presentamos y fue que nos propusieron el inicio de nuestra verdadera aventura,
esa que Luisanna soñaba y anhelaba con todas sus fuerzas, esa que yo no tanto,
solo por hacerlo porque lo había escuchado. El argumento-excusa fue que si nos
regresábamos por Sabas Nieves nos dañaríamos las rodillas, que serían cuatro
horas, y que dos mujeres solas es muy peligroso. Nos dejamos convencer y se
vino la propuesta.
—Vamos hasta el hotel Humboldt (desde La Silla) y de
ahí bajamos en teleférico— dijo Edwin, a partir de ahora nuestro guía.
Y sin miedo aceptamos.
De La Silla hasta el Pico El Ávila
De La Silla hasta el Pico El Ávila
Resulta que él solo había subido con su amiga Yoha, y
que el otro grupo (Dayana, David y Virginia) los había conocido en las mismas
circunstancias que a nosotras, solo que éstos si tenían comida y agua. Ellos
también estaban impresionados de lo que era La Silla.
Formamos nuestro grupo de desconocidos y nos fuimos.
Luisanna y yo no sentimos miedo. Y yo no dejaba de pensar en qué nivel de
confianza teníamos entre todos, unas personas que apenas se habían conocido
unos minutos atrás.
Edwin, un muchacho de 22 años, moreno, delgado y muy
extrovertido, era el guía. (En ese momento no sabíamos su edad sino Luisanna me
dice que lo hubiera pensado “dos veces antes de aceptar”). Él nos iba contando todo sobre la ruta, los picos, sus travesías.
Nos dijo que comenzó a subir al Ávila desde los 18 años y desde entonces ha
explorado sus distintos caminos, con amigos o solo, el siempre sube los
domingos. También sacó su cámara y nos mostró fotos de mariposas, monos,
plantas, todas de ese día. La verdad que su espíritu aventurero nos contagió y
nos hizo arriesgadas.
Nos montamos en grandes rocas, esquivamos ramas,
atravesamos caminos muy angostos, tanto que pienso que hasta hay que tener un
peso adecuado para poder transitarlos. Caminamos (y esa es mi parte favorita)
por la cima de la montaña donde los picos que vemos en las imágenes se pierden
y solo quedan senderos que parecen de sal, con el sol en todo su esplendor, con
los frailejones a nuestro lado. Caminamos y caminados y nos íbamos llenando de
tanta belleza, de tanto agradecimiento por tener esta majestuosa montaña en
nuestra ciudad.

Pero ya eran las cinco de la tarde y no habíamos
llegado al Pico El Ávila (Hotel Humboldt), empezaba a bajar el sol, buena parte
de grupo estaba muy cansado y ya había dos lesionados, Dayana y yo, que me caí
de primerita como siempre, con un tremendo golpe con una piedra en una nalga y
todo el brazo rasguñado. Ya me sentía mal y mareada, mis piernas iban por un
lado y no coordinaba. Luisanna le daba ánimos al grupo gritanto: “Apúrense,
vamos, ánimo, sí se puede”. Y luego alarmando: “Quedan 15 minutos de sol, apúrense,
vamos”. Edwin siempre iba adelante, hasta que también se lesionó, se torció el
tobillo. Afortunadamente pudo caminar.
Llegamos al Tanque. Y a partir de ahí una subida de
tierra que nunca olvidaré. Vimos el cielo cuando llegamos a el marco de lo que
fue una reja para cerrar el acceso al hotel Humboldt, roto y roído por el
óxido. Ese fue el marco de la gloria. Luego otro tanque, unas escaleras y
finalmente el hotel Humboldt ahí, de pie, desnudo en cemento, aun sin remodelar,
este ícono en la arquitectura venezolana y un símbolo de la ciudad capital
gracias a su exótica ubicación y a su moderna arquitectura, construido entre
los meses de mayo y noviembre de 1956.

Y con el hotel nosotras podíamos decir con todo el
orgullo que habíamos llegado caminando desde Sabas Nieves hasta el Pico El
Ávila. Solo hasta el Pico Occidental habíamos recorrido 2480 metros, después de
ahí perdimos la cuenta. Eran las 6pm.
Cotiza de
noche
Lo que sigue en la historia es la parte fea. Durante
todo el trayecto obviamos un pequeño y gran detalle. Que eran elecciones.
Luisanna estaba preocupada porque teníamos que bajar a tiempo para poder votar,
pero los planes no salieron como esperábamos. También durante todo el trayecto,
ya después de la unión con el grupo, los pocos vecinos que nos encontrábamos
nos decían que el teleférico no estaba trabajando. Edwin nos daba confianza:
“Tranquilo muchachos los jeeps de Galipán siempre trabajan”.
Cuando llegamos al hotel solo había tres trabajadores
y uno comunicándose con radio para contactar al jeep. Los militares, como seis,
que estaban en la parte donde se ubican los binoculares no movieron ni un dedo
para ayudarnos. Solo escuché que uno, con voz ebria dijo, “nadie los manda, son
elecciones”. No sabía que porque hubiera elecciones todo se tenía que
paralizar, incluso ese día habían cerrado el Parque Generalísimo Francisco de
Miranda, mejor conocido como Parque del Este.
Canache, uno de los trabajadores, nos acompañó a la
parte de los teleféricos y llamó a alguien para que abriera el portón donde se
ubican los jeeps que van a Galipán. Obviamente no había ni un jeep y tuvimos
que bajar caminado (caminar más). Ya era de noche y ahora la aventura se
tornaba en horror. Perros ladrando, caminar en zic zac para no dañarnos más las rodillas y un vallenato a lo lejos
que al menos nos daba la esperanza de que abajo, en Galipán, había movimiento.
Llegamos y tuvimos que esperar un jeep por cuarenta
minutos. Parte de nuestro grupo se fue en el primero que salió. Para nuestra
sorpresa no éramos los únicos locos a las 7pm, un domingo de elecciones en Galipán.
Había un grupo que había decidido que ese era el día perfecto para comerse un
sandwiche de pernil allá arriba.
El jeep nos dejó en Cotiza. Eran como las 8pm. No
había autobuses y tuvimos que bajar caminando-rezando para que las bandadas de
motorizados, típico en todas las elecciones, no nos robaran. Caminamos San
Bernardino y llegamos a una parte que la verdad sigo sin reconocer donde
finalmente tomamos un bus hasta Capitolio.
Luisanna y yo sentíamos que nuestro aspecto deportista
un domingo a las 9pm desentonaba de manera increíble. Yo velaba a la gente que
entraba con sus bolsitas marrones de panadería. Coño Lu, una canilla.
Y bueno cada una llegó a su casa. Yo comí (más bien
tragué) y recuperé todas las calorías de nuestra caminata de 12 horas.
Al rato recibo un mensaje de Luisanna: “Mi mamá me
acaba de decir que el señor negro que nos encontramos en el Ávila podía ser un
espíritu”. Era verdad nos habíamos encontrado un señor en plena cima del Ávila,
con un botellón de agua de cinco litros y una bolsa marrón, como la que venden
los buhoneros en el mercado. El señor no nos dijo ni una palabra y la verdad yo
nunca voltee para ver qué había pasado con él, solo bromeé, “ese seguro va
hacer una diligencia”.
“Ahora analizo el velón que encontramos de la nada y
mi mamá me preguntó que cuántos éramos y le dije que siete y me puso una cara”,
otro mensaje de texto de Luisanna. “Mi mamá me acaba de decir un montón de
cosas malas”, otro mensaje. “¿Qué te dice Lu?”, pregunté. “No te lo diré. En
fin gracias papa Dios por cuidarnos durante todo el trayecto y traernos sanas y
salvas”, dijo Luisanna.
Y es cierto fuimos muy arriesgadas en recorrer todo
eso sin planificarlo, pero lo disfrutamos demasiado. Tenáimos tiempo sin
sentirnos tan vivas, tan capaces. Cada paso que dábamos era un “sií, puedo”.
Nos retamos y lo logramos. Como dice Luisanna, tratando de resumir nuestro día:
“Somos unas locas que se dejaron llevar por la adrenalina, inconscientes de los
peligros. Ayer no sentí miedo alguno, solo lo sentí en Cotiza, cuando llegué a
mi casa, no en la montaña. El miedo lo sentí en la selva de concreto”.
Recomendaciones
Capaz si un excursionista o alguien más experto ve
estas recomendaciones nos dirá que estamos erradas en algunas. Pues bien, nos
atrevemos a recomendar con nuestra poca experiencia y por lo vivido allá
arriba. Estas fueron las principales cosas que nos afectaron-faltaron:
1. Lleva
buenos zapatos, preferiblemente de trekking, que te cubran un poco el tobillo.
También buenas medias, si no tienes las de trekking, ponte doble media.
2. Lleva
frutas, sándwiches, chocolate y mucha agua.
3. Usa
protector y lleva un labial con protector solar.
4. Lleva
un buen suéter, pantalones largos, camisas manga larga.
5. Son
muy pocos los carteles que verás mientras subes, especialmente cuando llegues a
La Silla, así que pendiente de las marcas que hay en las piedras. Por ejemplo
en La Silla hay una piedra que tiene escrito Pico Oriental y una flecha. No
busques el cartel que dice La Silla, desapareció. El Pico Occidental y El Lagunazo si tienen
carteles.


Recorrido:
2480 metros+ la ñapa hasta el Pico El Ávila. Nuestra ruta caminando (casi 12 horas): Sabas Nieves- El Banquito-
No te apures- La Silla- Pico Occidental- Lagunazo- Pico El Ávila-Galipán-Cotiza-San
Bernardino.
¡Con nuestro guía, Edwin!

¡Con nuestro guía, Edwin!
