Una carretera zigzagueante nos trajo hasta a ti.
Pensaba en todas las veces en que había preferido los senderos de tierra, los
verdes de selva nublada, los azules con brochazos naranjas y las nubes
atrevidas tapando cuanto pico quería fotografiar. Hoy, en cambio, una fuerza
magnética me hacía salir de mi montaña para lanzarme en tus brazos. Pude
hacerlo a medias, porque cientos de verdes me llevaron hasta a usted Mar Caribe
y recibí estos 29, soleados, arenosos y con sabor a pescado y tostones. Lo hice
porque quería sumergir mi espíritu así fuese unos minutos en sus sales, porque
quería que la brisa, siempre indiscreta, me susurrara sus secretos al oído,
porque quería que mis pies se hundieran en su arena tibia y mi rodilla
descansara. Y disculpe mi atrevimiento señor Mar Caribe, es que también vine porque
me dijeron que #ElCaribeTeLoDa, y yo quería pedirle una cosa. Ya usted sabe que
lo mío son los cerros y el monte, pero también sabe que tiene un efecto en mí
que no logro descifrar. Y bueno me entusiasmé enormemente porque resulta que no
conocía este rinconcito de su mar.
Le cuento que me encantó parte de la carretera que une
los estados Miranda y Vargas por la costa, llenita de unos árboles enormes que nos
daban sombras y que a menudo me hacían recordar a mi montaña. No se vaya a
poner celoso, solo le digo. Pero también le comento que tengo algunas críticas.
Pasar por Pueblo Seco y Aricagua, comunidades ubicadas en el municipio Brión de
Barlovento, me dejó pensando sobre los problemas que padecen sus pobladores en
cuanto al acceso a agua potable, electricidad y atención médica. Parte de la
carretera es un terreno irregular de tierra y piedras con maleza que crece de
lado y lado, e investigando encontré que en más de una oportunidad los habitantes
de estos lugares han protestado por las anegaciones y derrumbes.
Cuando iba por la carretera, no desperdicié la
oportunidad de pedir un deseo por cada puente sobre el río que pasaba, una
vieja costumbre que tengo. Hoy cambio mis deseos y se los concedo a esas
comunidades.
Partió la lancha y me puse a fotografiar tus azules para
llevármelos conmigo. Perdone mi atrevimiento es que ya comencé a tutearlo. Finalmente
conocí Playa Caribe, un pedacito de mar generoso para los que no sabemos nadar.
Ahí nos comimos unos pescados mundiales y unos tostones tan infinitos que
tuvimos que llevárnoslos. Fue una tarde relajada e incluso dormí con el sonido
de fondo de sus aguas.
Qué maravilla cuando tomé a mi ahijada en mis brazos y
la hice volar. Qué refrescante cuando Nathalia, Naibelys, Jonny, Alberto y yo tomamos ese
chapuzón necesario para cualquier cuerpo. Qué espectáculo cuando el sol,
redondito, pintó tu cielo de naranja, y las nubes, más atrás, lo colorearon con
violeta y gris. Qué sorpresa cuando el lanchero se olvidó de nosotros y otro nos llevó por solidaridad o tal vez por pena ajena. Qué dicha cuando regresando
por la misma carretera zigzagueante la luna llena jugó conmigo a aparecer y
desaparecer.
Ya sabe usted que lo mío son los cerros y el monte,
pero que tiene un efecto en mí que no logro descifrar. Le tengo respeto, sí.
Gracias señor Mar Caribe y por favor recuerde mi deseo.
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