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domingo, 26 de julio de 2020

Luz de despedida



Hubo años en que no me gustaba llegar a casa antes del anochecer. Creo que no quería atravesar esa luz rosa, naranja, a veces violeta o simplemente blanca que baña al cielo en el Caribe. Gastaba horas en la oficina o en el tren que corría por túneles oscuros, todo por no volver a tiempo. La variación que producía el tránsito del sol hacia el ocaso me resultaba violenta, minaba mi cerebro antes de meterse por mis ojos y me sumergía en una melancolía aplastante. Trato de buscar una explicación en mi racionalidad de hoy y creo que mi problema no era con el atardecer sino con la muerte que este contiene. Me negaba a estar en casa, sola, y ver cómo, sin ningún pudor, aquella luz penetraría por mi ventana, se regaría por toda la casa, hasta llegar a mi cuerpo despellejando recuerdos. ¿Sería alguna herencia ancestral? Tal vez cuando Onorio cruzó el Atlántico se asomó a la proa en un atardecer y pensó en lo que dejaba en Italia. O quizás, alguna tarde, Rafaela, tras tender kilos de ropa lavada en Caripito, divisó una nube y con ella la jornada laboral diluida en charco. En cualquier caso, esto que siempre me ocurría, de un tiempo para acá comenzó a cambiar. Hoy, cuando se aproxima el final, me levanto del escritorio en un ritmo ritual y salgo de las paredes. Camino circular dentro de la brisa fría, contemplo la montaña, las hojas lanzándose al vacío, busco las plumas en el asfalto. Pronto me detengo y aunque los raucos cantos de las guacamayas me acompañan, sigo sola, envuelta en esta luz de despedida, despellejando recuerdos, pero esta vez mirándola a los ojos, a ella, la muerte naranja, que anuncia la oscuridad y vuelvo  a sentir la única certeza posible; la del comienzo.

El amanecer nunca nos deja.