La primera vez que lo vi en mi país fue en una librería. Hacía la cola para pagar un libro y un hombre tenía en sus manos un billete de 20 dólares. “Ella me anotó por ahí, busca mi nombre”, le decía al encargado de cobrar porque la empleada anterior se había marchado.
La segunda vez fue en una panadería. Un viejito compraba un kilo de queso y unos panes y pagó con dólares. Le dieron vuelto.
La tercera vez estaba caminando por Bellas Artes. “Súbanse, súbanse”, gritaba un ayudante de chófer. Entre la paca de billetes que tenía en sus manos también tenía verdes.
La cuarta fue en una cesta de una Iglesia. La ofrenda navegaba como una mancha verde fluorescente entre tanto patriota muerto.
