Camino por el medio de los armarios de mármol
que guardan a mis muertos. Los velones de parafina y las luces artificiales
danzan en una llama eterna. Benedetta va apoyada en su bastón, Mimí y yo la
seguimos con las flores y la luz. Yo pregunto por una cosa y me responden con
la loza sin nombre. “É per me”, me dice la zia con sus 80 años y sonríe. Yo la
abrazo y le digo que no diga eso. Niego la muerte. Descubro que Mimí no es de
piedra.