Saco mis raíces de la tierra, las meto en la
maleta y parto a Roma navegando desde el río Orinoco, surcando el Atlántico, pasando el Mar Tirreno, aquietándome en el Tíber. Voy en el vientre de mi wajibaka (curiara) hecha del
árbol de cachicamo rojo. Mi jai (remo) es la palabra de los pueblos. Soy
periferia que va al centro. Todavía tengo el sabor del aurosá en mi boca, el
viento de la Gran Sabana y la lluvia que los waranipi desataron golpeando las
nubes. Hace nada estuve en la Amazonia venezolana ahora en Ciudad del Vaticano,
nada es casual.
Tomo notas de todo en este viaje cósmico al
sínodo amazónico: los correos y notas de voz que ahora rodeo con un abrazo mirando
a los ojos, las mujeres amazónicas entrevistadas el día que cumplió años mi
abuela muerta, el compañero indígena que pude conocer y entender, los colegas
periodistas con los que viví estos días, el día en que me quise colear para ver
al Papa y me descubrieron, los obispos venezolanos que si han vivido en la
Amazonía junto a los pueblos indígenas, el almuerzo con mi amigo Fernando y la
gente de la Red Itinerante, cuando lloré con los sobrevivientes de Brumadinho
(Brasil), la humildad del Papa, las mujeres que siguen luchando su rol dentro
de la Iglesia, cuando vi L'Amazzonia non è verde y se me abrió el mundo, las
gaviotas romanas al atardecer, lo intolerante que pueden ser la prensa y
algunos miembros de la Iglesia.
Cierro los ojos y estoy en Grotte dell’ Acqua,
ese refugio necesario en medio de la montaña. Entonces lo cotidiano se vuelve
asombro. Anoto los insomnios, las caminatas, los sabores, las memorias
familiares, la paura (miedo) en días de tutti santi, tutti morti y las guardo
en este nuevo cuaderno de viajes, lleno de pomodoro y funghi, que volveré a
abrir a su tiempo: “Sembra esserci nell'uomo, come negli uccelli, un bisogno di
migrazione, una vitale necessità di sentirsi altrove”.
Viajo del centro a la periferia. El avión vibra.
Me recibe un aeropuerto a oscuras. 20 minutos después la electricidad. Y aquí
estoy, otra vez, de vuelta, repitiéndome que no hay egoísmo, ni avaricia, ni
poder que pueda extirpar la esperanza de mi existencia.
Cuando sienta paura veré mis alas.
Crédito de la foto: Fabiola Ferrero, Ciudad Bolívar 2 de octubre de 2019.
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