martes, 22 de julio de 2014

Ruta #5: Mausoleo del doctor Knoche

Para algunos el doctor José Gregorio Hernández de La Guaira y para otros un médico loco que embalsamaba cuerpos. La atmósfera que rodea la historia del doctor Gottfried Knoche está cargada de muchas anécdotas, algunos mitos y unas cuantas controversias.
Este médico alemán nació en 1813, llegó a Venezuela después de 1842 y murió en 1901. Construyó su hacienda Buena Vista en medio del Ávila. Y se dice que quien tiene la fórmula que el utilizaba para embalsamar a sus muertos es la familia encargada de preservar a los Papas.
Fue un científico avanzado en una sociedad atrasada, donde todo lo que no se conocía era tildado de brujería. Y este par de amigas estaban dispuestas a descubrir algunas de las interrogantes que giran en torno a este hombre y su vida.

La ruta la hicimos nuevamente con Derbys López, de la Fundación Historia Ecoturismo y Ambiente  (Fundhea). Tomamos el jeep en Capitolio, entramos por Cotiza, llegamos a Boca Tigre y esta vez en vez de continuar hasta Galipán, que hasta el momento era lo que nosotras habíamos conocido, continuamos hacia el lado izquierdo, rumbo a La Guaira.
Esa mañana del 13 de julio amaneció con un sol radiante. En el jeep íbamos 10 participantes y adelante el chófer y Derbys. Ni hablar de la música ni de los peluches pegados en el parabrisas y los otros reposando en el tablero. Más que pintoresco.
Llegamos a San José de Galipán, pueblo ubicado en la vertiente norte del Ávila y que forma parte de la jurisdicción del estado Vargas, y lo primero que nos encontramos fue con la Plaza Bolívar.
Derbys cuenta que un señor del pueblo dice que está es una plaza no de Bolívar sino “de a medio” por lo pequeña que es. Solo un diminuto busto de este prócer, algunos banquitos, y una valla del gobierno que dice: Proyecto Turístico Socio Cultural, tiempo de ejecución 3 meses, monto: 90 mil bolívares fuertes.
Lo que sí es inminente es la hermosa vista del mar y los barcos que se pueden  apreciar desde esta plaza. Varias casas alrededor y un merengue de los ochenta completan el ambiente.
Otro cuento es que aquí vivió el barbero de (a) Bolívar. Todos nos miramos las caras. “Si, este barbero primero cobró un Bolivar, luego dos y así…”, completa Derbys. Todos reímos.
Estamos en Macuto.

Siguiendo las matas de mango
Luego de subir una corta pendiente nos encontramos con el cartel de madera muy deteriorado que nos indica que por ahí es la ruta hacia la casa del doctor Knoche.
El camino que prosigue es parecido a la parte de atrás de una casa en algún campo de Venezuela, muy estrecho y con plantas de cambur de lado y lado. Las hojas secas de esta mata también descansan en el piso lo que da la sensación de caminar sobre un colchón inflable vegetal. Nuestros pies se van hundiendo con cada paso y el calor se hace fuerte por el encierro arbóreo.
Algunos bordes despejados nos permiten ver el Hotel Humboldt y en cuestión de minutos llegamos a la primera mata de mango.
Derbys nos dice que los primeros excursionistas que vinieron hicieron un mapa donde señalaban que para llegar a la casa de Knoche había que seguir tres matas de mango y luego de ahí caminar algunos minutos cuesta abajo. Así que se podría decir que estas matas tienen toda una vida acá, y lo mejor, siguen dando frutos.
Tomamos agua de manantial directo de una manguera al lado de la mata y continuamos caminando.
Otro borde despejado de vegetación nos dejó ver a nuestro querido Picacho de Galipán, solo un día antes Luisanna y yo habíamos estado justo a sus pies. Derbys nos dio a probar pumarosas.
Encontramos alguna madriguera en medio del camino lo cual resultó extraño y da cuenta de que no muchos transitan esos parajes, un nido en un árbol, igual de expuesto, y muchísimas matas de cariaquito morado.
Cuando llegamos a la segunda mata de mango notamos que gran parte del tronco estaba prácticamente enterrado, por lo que era fácil tocar la copa del árbol. Derbys nos explicó que luego de la tragedia de Vargas, el cerro se vino y tapó la mata y que por eso se veía más pequeña: “Aunque ustedes no lo crean llegar a esta mata era todo un reto, había que saltar para seguir el camino”.
Seguimos subiendo y los que llegamos primero a la tercera mata de mango encontramos algo que nos impactó e inmediatamente comenzamos a tomarle fotos. Era una cruz  con un símbolo en la parte superior que hacía una especie de espiral. Delante de esta había una pequeña caja enterrada, pero con un vidrio al frente que permitía ver la cabeza de alguien disecado.
Del otro lado un cartel de madera que daba la bienvenida a la vertiente norte del Ávila e indicaba que estábamos en el sector Plan de la Alpargata. También tenía escrito un relato de un tal Benancio que murió y era llevado por un arriero y un burro a la hacienda del doctor Knoche para que este lo embalsamara.
Antes de seguir maravillados por nuestro descubrimiento, Derbys finalmente llegó al lugar con el resto del grupo y nos sacó de nuestro embobamiento: “Esto es un fallo histórico”, sentenció.
Derbys nos contó que lo enterrado era un muñeco y que no hay evidencia de que lo relatado sobre la madera fuese cierto.
Una gente de una organización que se hace llamar Fundación Knoch es la responsable de estas incongruencias.
Desde Fundhea Derbys ha denunciado incansablemente el obrar de los miembros de esta organización, quienes no han seguido los lineamientos del Instituto de Patrimonio Cultural ni tampoco han hecho los trabajos de restauración con expertos.
Todavía faltaba camino. Pasamos al lado de unas terrazas de piedra de aquella época. Este talud construido en terrenos con declives, ayudaba a sostener edificaciones o aplanar los caminos.
Probablemente también caminábamos sobre un camino empedrado, pero para saberlo debíamos excavar ya que a simple vista pisábamos sobre tierra, hojas y piedra.
Al borde del sendero vimos, o más bien imaginamos, una casa que estuvo alguna vez en ese lugar.
Finalmente luego de casi dos horas de caminata, desde la primera mata de mango, llegamos a la propiedad del doctor Knoche.

Todos le quieren meter mano a Knoche
Lo primero que nos encontramos fue el Mausoleo, una gran pared que sobresale de la vegetación. Pero antes visitaríamos la hacienda Buena Vista.
Un muro, con el mismo símbolo en espiral que vimos en el fallo histórico,  nos dio la bienvenida y poco a poco Derbys nos explicaba dónde estaba ubicada la despensa, el horno y uno que otro lugar indescifrable en las ruinas de esta casa cubiertas de maleza.
Pero lo que si permanece casi intacto es el laboratorio del doctor Knoche, una especie de cueva, con mesones angostos donde imagino colocados sus implementos quirúrgicos. El lugar era frío y oscuro. El techo grueso, hecho con rocas, neutralizaba exitosamente el clima exterior. También tiene una grieta que se formó cuando sucedió el terremoto de Caracas.
Knoche fue director y co fundador del Hospital San Juan de Dios de La Guaira, pero también atendía a sus amigos o pacientes más cercanos en su casa.  
Arriba de laboratorio hay  unas flores moradas que Knoche mandó a traer de Alemania y que se regaron por todo el lugar.
Más atrás observamos un tanque y algunos drenajes. Estos fueron descubiertos curiosamente por Derbys y sus amigos, un día en que fueron a limpiar el lugar, cayó un diluvio, se inundó todo, y de pronto el agua comenzó a bajar.
Después de ahí regresamos al mausoleo, bastante grande y con unas escaleras que conducen a una azotea desde donde se podía ver el mar.
El mausoleo tiene una reja. Así que vimos desde afuera los seis nichos o tumbas que guarda en su interior. La hija de Knoche y su esposo, el hermano, dos enfermeras y el doctor.
Pero si uno se asoma aún más y ves hacia el lado derecho encontrarás un hombre disecado y un perro, muñecos que hacen una burda imitación de los  cadáveres que embalsamaba Knoche. Otro fruto del desconocimiento de la gente que se dedicó a “restaurar”.
Hace algunos años rasparon todo el musgo que recubría esta edificación y lo pintaron. Esto impactó mucho a los habitantes del sector quienes estuvieron en total desacuerdo. Los turistas también han hecho algunos estragos grafiteros.
Afortunadamente la naturaleza, sabía y paciente, ha comenzado a recubrir lentamente las paredes del mausoleo. Y solo quedan algunos nombres escritos sobre las paredes con algún material punzante, lucen como rasguños.
Al frente del mausoleo hay una roca con el nombre del constructor: Fermín N 1886. Como costumbre de la época, y aun en algunas casas, cuando construían con cemento siempre dejaban una firma.
Por aquellos días de “restauración”,  la Fundación también pintó un busto del doctor Knoche de varios colores.  Mientras Derbys contaba esto no me imaginaba cómo pudo haber sido, porque justo ahora lucía limpio en un material que creo es mármol, pero gracias a Internet pude encontrar una foto de lo que fue.
Y aquí la que tomé del estado actual.
Al parecer lo más perturbador fue cuando comenzó a desconcharse la pintura, entonces obligaron a la gente de esta Fundación a retirarla completamente.
—Pero, ¿así era la cara de Knoche?— pregunta uno de los compañeros.
—No— responde Derbys.
Fundhea encontró una foto inédita del médico que envió a un diseñador para que la mejorara. La sorpresa fue que la foto salió mejorada y publicada, sin autorización. “Son aprendizajes”.
Los “restauradores” también se han empeñado en que el apellido de este médico se escribe Knoch y no Knoche, así que se encargan de colocarlo erróneamente  en cuanta placa o cartel mandan a hacer. El asunto da algo de risa por lo absurdo.
Nos sentamos a almorzar. En mi caso a comerme todos los mangos que había recogido por todo el camino, especialmente en la inmensa tercera mata de mago, y Derbys siguió contando.

Un incomprendido emprendedor
Gottfried Knoche era un médico cirujano que siempre estaba muy pendiente del pueblo. Lo que hace particular su ejercicio es que perfeccionó una técnica de momificación, sin necesidad de retirar las vísceras del cadáver.
El comienza a inyectar esta fórmula en cadáveres que la gente no había reclamado.
Durante sus habituales consultas en el San Juan De Dios, si la gente no tenía dinero no les cobraba, pero estos insistían y le llevaban alguna gallina o algo de su cosecha.
Cuando se desató el cólera, entre 1854 y 1856, a Knoche le fueron asignadas nueve zonas de atención en La Guaira.
El primer cuerpo embalsamado por este médico, y primer cuerpo embalsamado registrado en la historia de Venezuela,  fue el de Tomás Lander en 1845, un periodista venezolano que murió de un aneurisma.
La excentricidad de la familia de Lander o quizás el deseo de que este muerto siguiera permaneciendo entre los vivos hizo que fuese embalsamado sentado en su escritorio en posición de escritura. Así estuvo durante cuarenta años. La perturbadora escena acabó cuando por medio de un decreto Guzmán Blanco obligó a la familia para que enterrara el cuerpo en el Panteón Nacional.
Otro personaje emblemático que Knoche embalsamó fue Francisco Linares Alcántara, primer presidente muerto en ejercicio de sus funciones.
Cuando las montoneras robaron la casa del doctor Knoche, este ya estaba en cama y muy enfermo. Pero un hombre emblemático de la época dijo: “Debe atenderse el caso del doctor Knoche porque es un hombre que bien le ha prestado 50 años a Venezuela”.
El esfuerzo que hace Fundhea por recuperar la historia de este personaje es invaluable. No profundizo aquí sobre su biografía porque ya bastante se ha hablado de él. Lo que si les puedo asegurar es que al estar en el lugar donde él vivió y escuchar los cuentos no me queda duda del importante aporte que hizo este hombre al tema de salud en Venezuela.
Fue un incomprendido de su época, requisito con el que, desgraciadamente, deben cargar buena parte de los emprendedores. Pero fue también un buen médico, que hoy tiene muchos seguidores y hasta una canción que le hizo el cantante venezolano Paul Gillman.

Ayudemos a preservar este patrimonio conociendo y no dañando cuando vayamos al lugar. Es mejor ser buen knochero que convertir este lugar en Knochelandia. 

No hay comentarios: