viernes, 12 de diciembre de 2014

Ruta #11: Ascenso al Pico Naiguatá

El 15 y 16 de noviembre estuve en el Pico Naiguatá, el más elevado de la Cordillera de la Costa (2765 msnm). Una cima espiritual ubicada entre los estados Miranda y Vargas, en el sector centro-occidental del Parque Nacional El Ávila al norte de la ciudad de Caracas, Venezuela.
Para hacer esta ruta contacté a la gente del Centro Excursionista de Caracas (CEC). Y aunque al principio estuve a punto de rendirme, porque necesitaba hacer varias rutas con ellos antes del Naiguatá, un amigo me motivó a resistir, principalmente porque desde hace un año (y ya varios meses) me había estado preparando para este ascenso.
Para mí el Naiguatá fue liberarme de mis miedos y lanzarme a la aventura, esa que no se toca, que solo se siente con cada gota de sudor derramada y el gozo en el alma. Con esta ruta descubrí que en la montaña estaban muchas de mis respuestas, porque Dios está en las alturas. Una lectura que me regalaron antes de subir fue mi guía, por eso compartiré con ustedes algunos fragmentos.



Prepárate para la subida

“Cuando vas a subir al monte preparas tu cuerpo y las cosas que vas a llevar, eligiendo las que quieres cargar y las que dejas porque no necesitas, subes con lo necesario”

Admito que lo único que me daba miedo era que tendría que subir con peso, mi morral terrenal. Así que a pesar de que serían solo dos días, había que planificar lo que iba a vestir y a comer, porque mi cuerpo no resistiría tanto exceso.
Luisanna, mi consejera y proveedora estrella para esta aventura, se había encargado de echarme lo cuentos de su subida en agosto. De los consejos más valiosos que recibí les digo algunos: meter una bolsa grande, como las de basura, abierta en el bolso y en ella colocar cada cosa en bolsas separadas. Como no tenía un impermeable para mi bolso apliqué esto al pie de la letra.
En mi morral de 35 litros (lo más cómodo por mi tamaño) distribuí las cosas de la siguiente manera (de abajo hacia arriba): sleeping, pijama, ropa de cambio, cepillo y pasta de dientes, una cajita (curitas, adhesivo, tijera, baterías, roll-on de árnica), comida, suéter polar y chaqueta impermeable. Luego en el bolsillo de arriba: linterna frontal, bálsamo para los labios, repelente, guantes, pasamontañas. Al lado del bolso, en una de las mallitas, coloqué una botella de agua de 1.5 litros (porque no tengo camel back). Y en la parte baja amarré mi mat de yoga (porque no tenía aislante). Muy importante: bloqueador solar, yesquero, navaja (o esas que traen mil en una) y su cámara.
Ya solo con eso mi bolso estaba full y pesaba la asombrosa cantidad de 13 kilogramos. Recordaba una voz que me decía: “Tu bolso no debe pesar más del 20% de tu peso”. No les diré cuánto peso pero el bolso estaba pesado.
Con la comida de marcha (cosas para picar durante la ruta) ocurrió el primer exceso de principiante: merey, pasas, mandarinas, duraznos, y un surtido (maní, maní con ajonjolí, maní dulce y nuevamente pasas). También llevamos oreos. Con los platos fuertes, otro exceso: pan de pita, atún, unos huevos sancochados (llévenlos cocinados, con concha y envueltos en papel aluminio), vegetales (prepárenlos en casa), queso amarillo y las famosas sopas maruchan, con las que quedé extasiada por su sabor, allá en las alturas todo te sabe a gloria, y luego impactada cuando días después recibí un correo que decía que estas producían cáncer. Menos mal que el peso de la comida fue compartido.
Durante todo este proceso, quizás antes, debes preguntarte ¿cómo estás para subir a la montaña?, detallar tu estado de ánimo. Otro asunto importante es revisar tu “morral interno” y sacar todo lo que te pese y no quieras subir a la montaña: “pensamientos negativos, orgullo, apegos a situaciones vividas y que te atan afectivamente”. Y si decides llevar algo de eso “será materia de oración para integrarlo a la vida”.
Listos ambos morrales (terrenal e interno) intenté dormir pero la ansiedad/emoción no me dejó. Al cabo de unas horas ya eran las 5:30am y mi papá estaba abajo esperando para llevarme al lugar de encuentro.

Inicio mi subida
El encuentro era a las 6:15 am al final de la avenida Sanz de El Márquez, así que llegué muy temprano. Mientras tanto mi papá, cómplice de este tipo de locuras, me hacía algunas preguntas.
Nuestro guía del CEC, Simón Parra, llegó puntual pero comenzamos a subir a las 6:40am. Otra parte del grupo nos estaba esperando al pie del cerro El Ávila. En total sumamos nueve personas.
Esa primera subida me sirvió para calentar y comprobar si resistiría el peso de mi morral. Al principio sentí los primeros corrientazos en mis pantorrillas. Y cuando ya estaba un poco fatigada, luego de aproximadamente 17 minutos sin detenernos, muchos pájaros comenzaron a cantar en distintos tonos. Esas melodías fueron agua para el espíritu y nuestra bienvenida porque ya estábamos llegando al puesto de guardaparques de La Julia.
En este lugar hicimos una rápida parada para tomar agua, respirar profundo y anotarnos en el registro de la gente que pernocta en el Parque Nacional Waraira Repano.
Continuamos el camino hasta llegar a El Tanque donde aprovechamos para recargar agua y picar algo. Solo habían pasado 30 minutos desde el inicio de nuestro ascenso. Era un buen tiempo.
Hasta este momento el terreno no había sido tan empinado. Pero a partir de El Tanque la vegetación cambió completamente y nos adentramos en un bosque templado, con hilos de agua en los suelos, para luego casi escalar un terreno muy rocoso.
Durante el camino encontré las mismas señales que cuando hice montaña en Mérida, los mismos trozos de telas o bolsas amarrados de las ramas de los árboles, y para no perder la costumbre comencé a fotografiarlos.
Yo iba en el primer grupo con Mauricio, Ignacio, Daniel, Natalia y Betsabé. A veces nos encontrábamos con Diana, que iba a su ritmo. Y más atrás venían Simón y Claire, una enfermera francesa de la Cruz Roja.
En ocasiones sentía que el peso de mi morral se multiplicaba y recordaba mi lectura.

“Cada vez que encuentre un obstáculo, aprovecho para encontrarle el sentido espiritual (…) Hay piedras en este camino, no puedo avanzar…”

Y de pronto este peso se disipaba con un paisaje hermoso, un canto de algún pájaro, un sonido, o una flor.
Como casi siempre vas en fila india es inevitable que tu compañero de adelante aparte una rama, que esta rebote y te dé un latigazo en alguna parte del cuerpo. Bueno, esto pasaba frecuentemente, lo malo es si una de estas plantas tiene espinas. Pasó. Y me gané mi rasguño en la frente y un huequito en la mejilla. Ambos diminutos en un persona exagerada.
También tienes otros periodos en que caminas solo. Estos momentos son únicos porque te sientes parte de la creación y la naturaleza te envuelve, porque te sientes pequeño ante tal inmensidad pero también te sientes querido y sostenido por Dios.
Me conecté tanto con el camino que no me di cuenta cuál era El Edén y en un instante ya estábamos en Rancho Grande, uno de los puntos de parada. Allí nos sentamos, conversamos y picamos algo de comida. Ya eran como las 10am. También aproveché para ir al baño, con la mayor naturalidad del mundo.

Magia verde
Luego de Rancho Grande nos adentramos en uno de los paisajes más mágicos que haya visto, el de selva nublada. Era como un gran colchón natural de hojas verdes, provocaba lanzarse con los brazos abiertos. Lo atravesaba un pequeño riachuelo.
Al fondo de ese camino arbóreo se divisaba la neblina y algún rayo de sol que, con suerte, lograba atravesarla. Todo era humedad, refrescante y necesaria para nuestra jornada.
Caminamos por un terreno estrecho, con muchas curvas, lleno de hojas mojadas. Y aparecieron ante nuestros ojos los árboles con formas. Para algunos de nosotros aquellos eran elefantes, camellos o cualquier otra cosa que tu imaginación quisiera crear. Y para otros simplemente eran árboles.
Pasaron unos minutos y la vegetación y el terreno cambiaron completamente. La jugada de costumbre del imponente pero hospitalario Ávila. El camino se transformó en una pared de roca gris, naranja y arena, con algunos helechos a los lados. Un paisaje de vegetación baja, esta vez en forma de sub-páramo.
Todo este tiempo había estado mirando al suelo, calculando donde poner mis manos, mis pies, e impulsando mi humanidad y mis morrales en esas empinadas. Que grata sorpresa cuando levanté la mirada y ahí estaba ese pedazo de topo, piedra redonda, en la punta de la colina.

Topo Goering
Llegamos al Topo Goering casi a las 12 del mediodía. Este pedacito de montaña me encantó. Su tierra blanca nos iluminó el rostro, su base nos sostuvo para tener una de las vistas más tiernas del Ávila, pintada de una variedad de verdes vibrantes. Justo en este punto estábamos a 2470 msnm.
Luego leí que se llama así porque en la primera expedición exitosa al Pico Naiguatá había un pintor alemán, Anton Goering, que era miembro de la Sociedad Zoológica de Londres. Parece que al pasar por este topo “Goering avisó que era peligroso quedarse mucho tiempo, debido a que la selva que les rodeaba albergaba fieras que podrían molestarlos”[1]. El espeleólogo inglés, James Mudie Spence, que era líder de la expedición, agradeció el comentario de Goering y bautizó el lugar con su nombre.
Aquí hicimos una parada para almorzar y descansar un poco. En el topo había tres rusos y Claire aprovechó para saludarlos. 
Luego, casi a la 1pm, decidimos continuar nuestra ruta. Para bajar del Goering comenzamos a transitar por un camino de piedras muy grandes para más adelante adentrarnos nuevamente en el bosque.

Siempre juntos
Llegamos a El Urquijo, lugar donde debíamos esperar al resto del grupo, porque a partir de allí el camino puede ser un poco confuso.
En esta parte comencé a ver vegetación similar a la del páramo, especialmente unas plantas que lucían como frailejones y que tenían las hojas peludas.
Otra subida y llegamos a un cartel que indicaba el cruce a la Fila Maestra, a la izquierda, y el camino al Pico Naiguatá, a la derecha. Ya estábamos a la altura de 2550 msnm.
Estaba muy nublado y no pudimos ver La Guaira. En unos segundos comenzó a lloviznar y hacer bastante frío. Finalmente, en este punto, nos pusimos las chaquetas.
Una de las cosas que me gustó mucho fue que empecé a ver señalización. Alguien se dedicó a hacer unos cartelitos amarillos con una figura dibujada con marcador, que no logré descifrar, y a amarrarlos con alambres en las ramas.
Pasaron unos minutos y sentí que entré en otra dimensión, en el mundo de las rocas, muchas de ellas redondeadas, ejemplos vivos de algún tipo de erosión. Realmente eran grandes y algunas tan largas que acompañaron buena parte de nuestras pisadas.
De las que me más me llamaron la atención están La Arepa y Los Platos del Diablo (2690 msnm), “constituidos por tres discos de gran tamaño inclinados hacia el norte y suspendidos entre sí por un reducido punto de contacto en el centro”[2]. El que crea en los extraterrestres diría que ellos la pusieron ahí.
Continuamos el camino y luego de una bajada y de hacer equilibrismo en unas piedras para atravesar un charco ya estábamos en el Anfiteatro del Pico Naiguatá, a 2700 msnm. Eran como las 2:45pm y yo no me lo podía creer.
Una gran explanada con algunas carpas y una niebla fría que cubría todo el campamento. A mí me pareció hermoso. Provocaba correr por el lugar.

Primero debíamos armar campamento para hacer cumbre de forma más ligera y tranquila y así disfrutar de las sorpresas que nos deparaba la cima del Naiguatá.
Algunos fuimos a la toma de agua que queda a unos 120 metros[3] del Anfiteatro. Está al final y en una bajada. A medida que avanzas puedes ver la señal toma de agua, escrita con piedras, sobre grandes piedras. Y de fondo toda la costa del Litoral Central.
La toma de agua es un pequeño pocito conocido como El Manantial de Stolk, que según me dijo Derbys, director de Fundhea, su nombre proviene de un viejo excursionista, de apellido Stolk, que lo descubrió y señalizó el lugar.
En este lugar cometí la novatada de meter la botella de agua en el pocito. Un muchacho me dijo que esto no se debía hacer porque se mezcla el agua con la  tierra. No sabía que era la misma agua que salía del pequeño orificio que tapan con un pedacito de troco, y que a su vez sujetan con una tira de tela.
Así que la cantidad de agua de El Manantial de Stolk dependerá de cuánta gente haya acampando en el Anfiteatro.

Llegada a la cima
Desde el Anfiteatro hasta la cima del Pico Naiguatá  son aproximadamente 15 minutos. Tiempo que transcurre entre caminos estrechos de vegetación muy tupida que pueden confundirte.
Lo que menos me gustó de esta parte es que hay dos trechos que debes hacer con una cuerda. Confieso que me costó, la fuerza de mis brazos nada tiene que ver con la de mis piernas. Debías impulsarte con los primeros y apoyar tus pies en la roca, quedabas prácticamente acostado en el aire.
Superado este obstáculo, gracias a Claire e Ignacio que me animaron, subimos al encuentro con lo más anhelado de este viaje: La cruz del Pico Naiguatá y la vista.
Cuando llegamos los tres comenzamos a gritar. Estábamos en el punto más elevado de la Cordillera de la Costa (2765 msnm), y en el segundo más elevado del Caribe luego del Pico Duarte en la República Dominicana.
Aquello era sublime... El mar Caribe de un lado, la ciudad del otro, la Fila Maestra, el Anfiteatro, los cientos de verdes, las nubes, el cielo, la brisa que nos rozaba, lo inmensos que nos sentíamos. Eran como las 4:30pm y tendríamos todo ese atardecer para nosotros.
Después de hacernos un montón de fotos. El ambiente nos calmó e hizo que cada quien tomara su espacio y se conectara de la forma con la que más se sintiera a gusto.
Silencio.
El sonido de la maraca de Ignacio. Los binoculares de Claire. Mis pies descalzos.

“El monte es sinónimo de lugar de encuentro con Dios por su inmensidad y su altura. Monte es sinónimo de montaña, que al igual significa soledad, tranquilidad, acercamiento en el sentido espiritual”.

Pues si, me sentí más cerca de Dios. Tan conectada con lo que soy y con lo que me hace feliz que dejé que mi mente se elevara con las nubes. No pensé en nada más. Nada me preocupaba.

“Levanto mis ojos a las montañas: ¿de dónde me vendrá la ayuda? La ayuda me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra. Él no dejará que resbale tu pie: ¡tú guardián no duerme! Él te protegerá en la partida y el regreso, ahora y para siempre”. (Salmo 121)

Comenzó a oscurecer y los colores del cielo se hicieron más hermosos. Los rayos del sol, las luces de Caracas y del Litoral. Líneas naranjas, blancas y celestes. Pero también la brisa fría comenzó a meterse en nuestros huesos y decidimos volver o más bien intentamos porque nos perdimos. Intentamos descifrar el camino, pero la vegetación con confundió. Así estuvimos varios minutos hasta que encontramos una piedra, a la que le habíamos pasado por el lado sin creer que por ahí habíamos subido. Pues sí, con mucho esfuerzo habíamos saltado esa parte. Y justo en ese momento llegaron Simón, Diana y Betsabé. Gracias a Dios.
Los esperamos mientras ellos hacían unas fotos en la cruz y todos bajamos juntos. Solo teníamos tres linternas así que fue difícil. Todo estaba muy oscuro y debíamos esperar a que Simón revisara la ruta. Sufrí nuevamente con la bendita cuerda, de hecho fui la última en descender y me gané mis morados.
Ya en el Anfiteatro algunos acordaron levantarse a las 4:30am para ver el amanecer. Yo decidí descansar y levantarme a la hora que mi cuerpo indicara. Lo que había visto ese atardecer era suficiente para mi alma.
Cenamos la ansiada Maruchan y me gustó. Quería comer y comer. También usamos mi roll-on de árnica, esta pequeña adquisición fue como nuestro masajista privado.
Esa noche no dormí bien, los sonidos de la noche me asustaron un poco y mi mat de yoga no sirvió de mucho como aislante, sentía el frío terreno debajo de mi espalda. Pero estaba feliz porque había cumplido uno de mis deseos.

Bajar de la montaña

Mi levantada fue casi a las 6am. Desayunamos. Fui por última vez a El Manantial de Stolk y me monté en una roca espectacular para ver el Litoral.
Comenzamos a bajar a las 10am y nos encontramos a Manuel Fraga, uno de los miembros de CEC.
Cuando llegamos al Topo Goering estaba lleno de excursionistas. Ahí tuve la grata sorpresa de encontrarme a mi amigo Manuel Lima, que ahora hace montaña con la gente del Centro de Excursionista Universitario (CEU), un club dependiente de la Dirección de Deportes de la UCV.  
En Rancho Grande tomamos el almuerzo. Retomamos la marcha y cada quien fue a su ritmo.
Todos nos encontramos en El Tanque y cuando llegamos metimos nuestras cabezas debajo del agua que manaba de él. La sensación era de cansancio con satisfacción. Todavía quedaban treinta minutos para llegar a donde comenzó todo el día anterior.
Durante estos dos días sentí la montaña muy dentro de mí. El Naiguatá me conquistó. Y estoy segura que siempre recordaré mi primera vez en aquella cumbre que me erizó la piel, al darme la respuesta que necesitaba.

La ruta: PGP La Julia, El Tanque, El Edén, Rancho Grande, Topo Goering, El Urquijo, La Fila, campamento en El Anfiteatro.
Ida: 8 horas. Vuelta: entre  6 y 7 horas.
Nivel técnico: tipo trekking de baja y media montaña.
Importante: Hicimos paradas en: El Tanque, Rancho Grande, Pico Goering, El Urquijo. Tomas de agua: PGP La Julia, El Tanque, El Manantial de Stolk.


Referencias




[1] http://es.wikipedia.org/wiki/Pico_Naiguat%C3%A1
[2] Íbidem.

1 comentario:

germaine vivas dijo...

hola, me a gustado mucho la forma en la que narras tus historias, transmiten mucha buena vibra. soy de san cristobal tengo 31 años y a pesar que no tengo experiencia en montañismo troto de vez en cuando y no pierdo la fe de ir algun dia. aqui nadie "me quema la polvora" jajja.. conoces a alguien que organice subidas?