domingo, 28 de enero de 2018

El Niño de la Cuchilla


Aún recuerdo las cuchilladas en mi vientre. No fue una metáfora ni algo pasajero. Fue algo que me ocurrió en la fiesta religiosa del Santo Niño de la Cuchilla.
Salimos a las seis de la mañana de Guaraque rumbo a Zea, una localidad del estado Mérida, enclavada entre las montañas del Parque nacional General Juan Pablo Peñaloza (Páramos El Batallón y La Negra) y los ríos Escalante y Guaruríes; donde todos los 6 de enero se celebra esta festividad, una de las peregrinaciones más grandes del estado Mérida.
Dice el evangelio sobre el día de los Reyes Magos, que cuando éstos se encontraron al niño Jesús se llenaron de inmensa alegría. Yo iba con mucha emoción a Zea, pese a que no conocía prácticamente nada sobre esta fiesta religiosa. Solo me había quedado con la imagen que me contó el padre Orlando sobre unos pobladores de Guaraque que caminaban 14 horas desde su pueblo hasta Zea. El recorrido lo hacían la noche anterior. Otra cuestión que llamó mi atención fue la imagen venerada: un niño recién nacido, recostado en la losa de un sepulcro con el mundo en la mano, la cabeza reclinada sobre el brazo derecho en actitud durmiente, con una calavera por almohada.
Me impresionaba la calavera debajo de la cabeza de un recién nacido. Luego leí que en cierto sentido la imagen unía la Navidad con la Semana Santa.
Peregrinación a La Cuchilla
Tomamos dos autobuses: uno de Guaraque a Tovar, y otro de Tovar a Zea. Este último recorrido tardó un poco más de treinta minutos por una carretera que iba por toda la montaña. Cuando llegamos a Zea hacía un sol intenso de nueve de la mañana. En la Iglesia aún estaban dando la misa. Y al otro lado del pueblo había una cola de gente que esperaba los jeeps que estaban cobrando 15 mil bolívares (por persona) para subir a La Cuchilla, un filo de montaña que divide a los estados Mérida y Táchira, donde está ubicado el santuario del Santo Niño de la Cuchilla. De todas formas nosotros estábamos decididos a caminar.
Cuando vi la subida comprendí porque mucha gente lo hacía en carro. Una sucesión de rampas angostas y empinadas de 45º de inclinación, y algunas de hasta 60º, a veces húmedas, que te hacían dar varios pasos hacia atrás. La mayoría de la gente iba con botellas de licor, haciendo chistes, gritando, tirándose a descansar a medio camino. Salvo dos ancianos que caminaban en silencio. 
De pronto comenzaron a aparecer puestos de venta de naranjas, patillas, guarapo; y luego mesas donde un señor hacía juegos deazar y apuestas. En algunas de las casas se escuchaba reggaetón, raspacanillas o alguna música llanera.
Afiancé mi silencio. Caminaba muy lento y levantaba la mirada solo para lo esencial, es decir, no caerme. Me sorprendió como algunos iban en sandalias y vestidos cortos. A medio andar se daban cuenta de que era ropa incómoda para subir aquella rampa, dejaban el calzado a un lado, y comenzaban a subir descalzos, mientras se quejaban. Reían y se repetían a cada rato “por qué estoy haciendo esto”, “si soy masoquista”. Algunos se sofocaban de tal forma que parecía que nunca hubiesen hecho ejercicio en su vida. El limo del suelo hacía que todos nos resbaláramos y el sol se hacía insoportable.
Cuando íbamos a la mitad del camino, sentí una molestia en el vientre, y me senté en un muro de piedra. Un señor que llevaba a su hijo de aproximadamente 12 años sobre su espalda se sentó a mi lado. El niño tenía los dos pies torcidos, y sus piernas colgaban sin vida, sin tonicidad. “Papá quiero ir al baño”, le decía el otro hijo que si podía pararse sobre sus pies. En todo el camino está era la tercera persona que veía que estaba en la peregrinación por alguna promesa. Quizás los feligreses habían subido más temprano. Del resto yo no escuchaba nada sobre milagros ni sobre la celebración, solo quejas por la subida.
Me repuse y saqué mi celular para tomar alguna fotografía. Un niño como de 12 años le hizo una señal a otro e inmediatamente me di cuenta y guardé el teléfono. Fue en ese momento cuando salí de mi concentración y dije (en voz alta) que tal vez el niño de la cuchilla era una fiesta de malandros. A partir de ese momento las puntadas de mi vientre comenzaron a agudizarse.

En el santuario…
Faltaba poco para llegar y yo lo que quería era un baño. Me coloqué a un lado de la carretera y pasó un jeep con todos los sacerdotes. Minutos después comenzó a escucharse la misa a lo lejos.
Llegamos a una explanada donde la gente descendía de los jeeps. Entré a un baño y sentí un poco de alivio. Intenté recostarme en un muro de piedras y volví al baño por segunda vez. Solo faltaban 200 metros para llegar al santuario.
La multitud seguía llegando y caminaba entre ventas de suvenires del Niño de La Cuchilla. Agarré impulso. Llegamos arriba y estaban haciendo la misa en un espacio abierto. Nadie prestaba atención. Entré al baño por tercera vez.
Era mi menstruación, eran cólicos, era el carato de maíz que nos habían regalado en Guaraque, eran los pastelitos que me había comido antes de subir, era el juicio de valor que ya venía haciendo sobre la fiesta popular, era que había dicho “una fiesta de malandros”. Eran todas las anteriores. Pero lo cierto era que mientras estaba más cerca del santuario, el dolor se hacía más intenso. Y aun así decidí llegar hasta la capilla porque pensaba que la imagen estaba ahí.
La historia de la capilla está ligada a la imagen que se venera. Luego de “la expulsión de las Hermanas Clarisas por el gobierno anticlerical de Antonio Guzmán Blanco (1870- 1888), la tradición oral, refrendada por las autoridades eclesiales, cuenta que estas huyen a Bogotá (Colombia), dejando en el camino a la familia Hernández la imagen del niño en gratitud por el hospedaje y la mula recibidos. A partir de allí, y tras los 'milagros' pregonados por la comunidad, se le construye un modesto altar. Es entonces cuando la creciente fe en la imagen congrega voluntades para construir la iglesia”[i].
No pude hacer la cola y me senté en un banco de la Iglesia. No veía la imagen por ningún lado. Solo un pote de plástico regentado por un muchacho donde la gente metía dinero. “Yo vine a traerle lo suyo”, decía uno que estaba en la fila. Sentí unas ganas inmensas de vomitar y tuve que salir de la capilla.
Me senté en unas escaleras. Quiero irme de aquí. Vámonos rápido. Era lo único que podía repetir y comenzamos a bajar caminando.
Durante el trayecto más personas seguían subiendo y el desorden del principio era peor. Apuestas, reggaetón, quejas. Un confuso sincretismo. Yo solo pensaba que sentía cuchilladas en mi vientre y que quizás eran un castigo por lo que había dicho, porque mientras me alejaba de aquel lugar el dolor se iba disipando.
Regresé sin ver la imagen. Luego supe que estaba en la misa que estaban haciendo afuera.

Los devotos del Niño de La Cuchilla
Cuando nos montamos en el bus hacia Tovar iba una señora que había ido al “Santo Niño de la Cuchilla” a poner en oración a su hijo de trece años, porque tiene discapacidad. Luego Greta me contó que en Tovar conoció a Esperanza Arellano de 55 años, que es devota del Niño de la Cuchilla. Desde niña iba con sus padres al santuario, ahí nació su devoción, su mamá le tenía mucha fe al Niño de La Cuchilla y ahora tiene 26 años consecutivos asistiendo. Ella le ha ofrecido promesas por su salud porque ha sido operada varias veces y ha salido bien. “A mi hijo lo llevé al santuario muy pequeño. La fe es muy grande en ese Niño. Yo me atrevería a decir que lo que le he pedido me lo ha concedido”.
Varios días después estando en una posada en Los Nevados, justo cuando iba a bajar las escaleras para ir a mi habitación, vi una figura de cerámica que estaba cubierta con una tela de mosquitero, junto a algunos santos. Me acerqué y me impresioné. ¿Es el Niño de La Cuchilla?, le pregunté a la señora Josefa. Y ella me respondió: “Si, es que como hace tanto frío y él está desnudito lo tapé”. Me contó que este Niño lo pasean junto al Niño Jesús en la paradura. Que el antiguo dueño de la posada, que falleció hace unos meses, le hizo una promesa para terminar de construir el lugar. Le había tomado 7 años concluir la posada: el cemento se le ponía duro, los materiales se podrían, los trabajadores no iban a trabajar. Hizo la promesa y todo se logró. La imagen que yo tenía al frente se la habían traído de La Cuchilla.
Le conté a Josefa lo que me había pasado y solo se encogió de hombros y sonrió. Lo cierto es que el Niño de La Cuchilla me había encontrado en Los Nevados. Luego lo vi de nuevo en la estación del teleférico Loma Redonda, en una capillita que tienen al lado de las mulas. Este Niño seguía apareciendo para decirme que hay muchos devotos que creen en él. Yo aún recuerdo las cuchilladas en mi vientre y lo que me costó llegar hasta su santuario para nunca verlo; y hago un esfuerzo por no quedarme con esa memoria. Ojalá pueda volver a La Cuchilla, y esta vez hacerlo con más conocimiento y respeto hacia esta tradición. Devotos hay.



[i]https://iamvenezuela.com/2017/11/santuario-del-santo-nino-de-la-cuchilla/

No hay comentarios: