sábado, 1 de octubre de 2016

Mis 30 entre las montañas


La ruta para celebrar mis 30 fue una travesía bendecida por Dios. Ese 29 de agosto transcurrió en una caminata de casi nueve horas (ida y vuelta) hacia la laguna más grande de los Andes venezolanos, la laguna de Santo Cristo, ubicada en el Parque Nacional Sierra Nevada, Mérida. Para acceder a este lugar llegamos hasta Gavidia (3350 msnm) y seguimos hasta el Alto de Santo Cristo (4200 msnm), en un recorrido de arbustos y frailejones. Las personas que conocimos hicieron más mágica esta fecha, sin duda un día para agradecer el don de la vida

Mis 30 comenzaron a las 4:25 am cuando sonó el despertador. Un beso me terminó de despertar y me lanzó directo a la ducha. Desde la ventana del baño se veía cómo la oscuridad aun cubría las montañas de Mucunután, un pueblito cerca de Tabay donde viven nuestros amigos. Carlos y yo calentamos café mientras esperábamos que Yhonny bajara, el sería quien nos llevaría hasta Mucuchíes, aprovechando que todos los lunes va a buscar restos de carne para sus perros en un matadero que queda en el mismo pueblo.
En Mucuchíes se agarran los carritos para Gavidia, pueblo desde donde arranca la travesía hasta la Laguna de Santo Cristo. Carlos y yo no sabíamos a qué hora salían los jeep, no teníamos posada en Gavidia y tampoco un guía que nos indicara el recorrido. Con este pronóstico igual decidimos aventurarnos, fluir con lo que fuese marcando el día.  
Arrancamos de Mucunután como a las 5:30 am. En el cielo estaba mi luna favorita (cuarto menguante) como una sonrisa brillante en un telón negro.  El frío se metía por la ventana en la medida en que nos adentrábamos en la carretera zigzagueante del páramo andino aun en reposo. La carretera estaba despejada, los negocios cerrados. Poco a poco el verde de las montañas comenzó a cobrar vida, eran las 6:20 am y el sol comenzaba a salir. Unos minutos después llegamos a Mucuchíes. Nos despedimos de Yhonny y arrancó la aventura.
Primera bendición: besos, lunes y Yhonny nos lleva.

***
Mucuchíes aún estaba dormido. El repique de las campanas de la Iglesia retumbaba en las calles frías y solitarias. Solo encontramos a una señora caminando por uno de los callejones. Luego pasó un bus con las puertas cerradas y el copiloto lanzó un bostezo por la ventana. La brisa helada entumecía nuestros cuerpos. Carlos y yo caminamos más rápido para buscar un refugio y solo encontramos un café abierto, aunque mi insistencia hizo que primero fuésemos a ver si estaban los buses hacia Gavidia, lugar desde donde iniciaba la ruta a la Laguna de Santo Cristo. Obviamente no había ni un jeep, solo un señor que estaba detrás de un teléfono público, protegiéndose del frío, y cuando le preguntamos por los carritos nos dijo con cara de susto: “No sé, no soy de aquí”.  
            

     Entramos al café La Pancha donde solo había tres personas. Me llamó la atención un pequeño altar con un Simón Bolívar, unos vasos plásticos con monedas, un Cristo y un calendario de madera que decía 29 de agosto. También algunas pinturas de caballos. En el televisor tenían sintonizado el noticiero del día, recuerdo que uno de los titulares era de un homicidio quíntuple, mi primera noticia de los 30. Pedimos un café con leche y unos pastelitos de queso que estaban deliciosos, mi primera comida de los treinta, y así todo lo que hacía para mí era mi primera vez. Treinta: 3 + 0 = 3. En numerología el 3 representa la triada de la santísima trinidad, Dios en su expresión total de armonía y equilibrio entre el antagonismo y la dualidad (un dato que volaba en el ambiente).


        De vez en vez me asomaba para ver si había llegado algún jeep. Pronto comenzaron a llegar algunos mensajes de felicitación, mi mejor amiga Naibelys desde Portugal, el señor Edmundo desde Caracas (por cierto el primerito que me llamó) y así… El café y el abrazo nos daban el calorcito necesario.


    Nos paramos al frente de la parada, justo donde llegaba el único rayo de sol. Al lado estaba la sede del CDI Indio Tinjaca y entré un rato para curiosear. Estaba el mismo señor del teléfono.
     —¿Van a Gavidia? ¿Eso es detrás de la montaña?
     —Si— le respondí.
     Peló los ojos y nuevamente puso cara de susto.
    A las 7:15 am el cielo de Mucuchíes ya estaba despejado y el pueblo completamente despierto. Pasaban buses que iban desde Mérida a Barinas, camiones llenos de hortalizas, la gente caminaba por las calles, y Carlos y yo aun en la parada.
   El señor del teléfono se acercó. Llevaba un pantalón caqui, suéter gris desabotonado y zapatos marrones. Nunca descifré el color de sus ojos, entre verdes y azules.
    —¿Dónde es Gavidia? Tienen que tener cuidado porque ahí el agua se cuaja— y agregó— Aquí la gente se conserva más, vive más, porque no suda—soltó una carcajada.
     Nos contó que era de Pueblo Llano pero que vivía en Timotes. Que en Gavidia hacían una papa negra, pero que ahora a los alimentos le ponían muchos químicos y no sabían a nada. Que le hacía falta un perro para correr porque eso ayudaba al corazón, y que ahora vivía en un apartamento y por eso no podía tenerlo “si acaso un gato”.  Le preguntó a Carlos si era extranjero, ¿por los pelos amarillos?, le pregunté y soltó otra carcajada. “Mire esta boca de africano”, bromeó Carlos, y el señor comenzó a reírse. “Parecen de Barquisimeto o de Caracas. Caracas es grande, tengo un hermano que tiene como 50 años viviendo allá y no la conoce”. Y luego comenzó a hablarnos de los encantos:
    “Los páramos son encantadores. Tienen seres que lo pierden a uno. Los encantos, esos si son jodidos. Un día se me perdió una res en Pueblo Llano. Tenía una semana perdida y la fui a buscar con mi hermano. Llegamos a un valle lleno de ganado y dijimos que tal vez estaba ahí. Bajamos y no había nada. Nos costó salir y encontrar el camino”.
     También nos recomendó no aceptarle comida a los encantos: “Ellos te ponen todo bonito. Un señor llegó a una quinta con comida, bebida, baile y luego cuando todo pasó eran palitos de frailejones y bosta de ganado. Menos mal que no comió. También pueden ser como una dama hermosa, conversar con ella y luego te pierde. En Los Llanos es peor, hay cosas más malas”.
       Segunda bendición: conocer a un experto en encantos.

***
8:02 am. Llegó un jeep. Me acerqué a preguntarle si iba para Gavidia y me dijo que si, que salía con mínimo cuatro personas. Carlos lo vio a lo lejos y se dio cuenta que era el señor Rómulo, el mismo que nos había llevado a Gavidia en enero de este año, cuando también queríamos hacer la ruta hacia la laguna pero no habíamos encontrado hospedaje. El mismo que tenía una posada en Gavidia. La tercera bendición estaba empezando a cobrar fuerza.
            —Vámonos— nos dijo.
Y solo éramos Carlos y yo.
           El señor Rómulo había venido full desde Gavidia porque mucha gente trabaja en Mucuchíes. Arrancamos, y solo bastaron unos cuantos metros para que el jeep comenzara a llenarse. Justo antes de salir del pueblo un chamo paró el jeep. Se montó y comenzó a hablar con Rómulo. Resulta que iba a la Laguna de Santo Cristo. Carlos y yo nos miramos sorprendidos.
            —Yo tuve veces en que hacía la ruta dos veces al día— dijo Rómulo.
            —Yo la he hecho tres veces pero nunca he llegado. En la primera me perdí, y en las otras dos me llovió. A mí me gusta la montaña, me apasiona, quiero ser guía, hay tantas rutas por hacer. Me dijeron que aquí en Mérida hay como 70 picos de más de 4000 msnm— respondió el muchacho.
—Voluntad y recursos—aconsejó Rómulo.
Durante todo el trayecto también conversamos sobre la fiesta de San Benito, sobre la ruta socialista de Gavidia que tiene varios meses sin funcionar por falta de repuestos para el carro, “estrategia desechable, le dan el carro y ya, él debe cobrar barato y si se daña se para, no hay dinero”, dijo Rómulo, quien es uno de los pocos que hace traslados, de hecho hay días en que es el único en toda la ruta Gavidia-Mucuchíes. Hablamos sobre Roraima, recordé a mis compañeros de Cecobio que justamente estaban haciendo esa ruta; y sobre la formación que Rómulo recibió de la Fundación Programa Andes Tropicales. Todos nos daban consejos para la ruta y una señora que se bajó antes nos echó la bendición.
El muchacho resultó llamarse Javier y como un designio de Dios en esos 30 minutos de recorrido hasta Gavidia se convirtió en nuestro futuro guía para la Laguna de Santo Cristo, después de todo él iba solo a entrenar para una carrera y a ver si finalmente podía llegar a esta laguna encantada. Ahora lo intentaríamos los tres. Y mientras nos adentrábamos en ese hilo de asfalto en medio de las montañas, que luego se convertían en basílicas rocosas, morenas, lloronas; la tercera bendición se había materializado: un techo a donde llegar al finalizar la ruta y un guía.
Pasamos el cañón de Saguez, que significa pozo profundo con remolino, y vimos las primeras casas de Gavidia.

***     
Nos bajamos rápido y dejamos nuestros bolsos.
            — ¿Llevan gorra? Usen bastante protector. ¡No regresen tan tarde!— nos gritó la señora Rosalía, esposa de Rómulo desde la puerta de la Mucuposada Michicaba.
            Por recomendación de Javier, el señor Rómulo nos llevó en jeep hasta Las Piñuelas (ascenso por toda la Quebrada de Las Piñuelas), un pueblito que queda más arriba de Gavidia (que ya está a 3350 msnm, justo la altura de la Laguna La Coromoto); y que nos ahorraba casi una hora de camino por asfalto.
           
  
           Javier iba ida por vuelta así que debíamos ir a buen ritmo. Comenzamos a caminar bajo un cielo azul intenso y despejado de nubes. Vimos el famoso tanque australiano, a unos campesinos recogiendo papas y todos los sembradíos verdes y felices por tanta agua de un sistema de riego constante.
            Pronto los pocos metros de concreto se convirtieron en tierra, piedras, hierba e hilos de agua. Nos detuvimos frente a unas morrenas y Javier comenzó a escalar. Carlos y yo nos miramos y tomamos un poco de agua. Estaba segura que no era el camino regular sino una ruta para recortar trayecto. Comenzamos a seguirlo pero yo me petrifiqué, estaba demasiado asustada por lo inclinado, pura roca. Carlos continúo y desde arriba me dijo: “Hazlo por donde te sientas más segura”. Y así como tantas veces en la vida seguí mi camino, la alternativa, lo diferente cuando un camino no me da la confianza necesaria. Me tomé mi tiempo.
            Luego de algunos mallugones, unas espinitas clavadas en las palmas de mis manos y un corazón que casi se sale de mi pecho, logré ascender por un lugar que sigo considerando una imprudencia que nos ahorró tiempo, pero que nos puso en riesgo, al menos a Carlos y a mí, porque Javier voló. Desde la cima vimos Las Piñuelas y más atrás Gavidia. Un mosaico de casitas, ganado, cultivos y ríos. Un horizonte de montañas.
            Seguimos caminando por un sendero que del lado izquierdo tenía un valle con un río y un paisaje dominado por arbustales densos, frailejones y grandes montañas. Javier iba corriendo, por su entrenamiento, y nosotros atrás. Luego de varios minutos nos paramos en una roca desde donde se veía el Alto de Santo Cristo, la parte más alta de la ruta con 4200 msnm.


            A partir de la roca comenzamos a descender para llegar a una planicie inmensa donde saltamos algunos riachuelos y vimos como tres lagunas pequeñas. Una subida de piedras nos iba acercando hasta el Alto de Santo Cristo que estaba custodiado por frailejones gigantes, seres legendarios que crecen un centímetro al año, pero que en esta ocasión medían mi estatura (1,53 metros) y hasta más… O sea que tenían más de 153 años ahí de pie.
                


          Llegamos al Alto. Un muro de piedras con pequeños mojones de piedras más pequeñas colocados en toda la estructura natural. Desde ese punto se veía la cumbre nevada del Pico Humboldt. Las nubes iban y venían como un telón blanco que se cierra y se abre. Comimos chocolate mientras veíamos aquel espectáculo.

            Desde aquí comenzamos a bajar por un sendero amplio de arena muy fina que nos hacía resbalar, al fondo se veía otra laguna…Y cuando dudamos del camino apareció un campesino montado en un caballo con un becerrito que traía en la parte de adelante y otro caballo atrás, que iba amarrado al suyo. Nos indicó que íbamos bien y que faltaban como veinte minutos (obviamente en el tiempo de él)


            En la laguna encontramos a un joven que esperaba que su becerro tomara agua, le pedí una fotografía.
            Lo que sigue es la intuición en un camino marcado de frailejones, piedras que parecían cadillos grises en medio de la vegetación, e hilos agua que hacían que parte del sendero fuese una trampa de tierra oscura y húmeda, y que nos obligaban a buscar la firmeza saltando de piedra en piedra.
            Luego de un riachuelo y una especie de entrada hecha por rocas, como si fuesen los límites de una fortaleza, aparecieron las flores rosadas y amarillas. Ya en este punto Javier nos había dejado el pelero.
Yo iba más atrás que Carlos, que parecía puntito rojo en medio de tanta inmensidad. De a ratos se quedaba contemplando las montañas, con sus manos puestas en los tirantes del bolso, relajado, simplemente me transmitía paz.


Y de pronto ahí, luego de más de tres horas caminando y de cinco lagunas, apareció frente a nuestros ojos el mayor cuerpo de agua glaciar de la región, enclavado en lo más alto del Parque Nacional Sierra Nevada, la laguna de Santo Cristo. Descendimos por un paisaje de cuento y comenzamos a subir hacia donde estaba Javier, que había encontrado un buen punto para contemplar esta laguna que fue declarada Patrimonio Cultural. Nuestra cuarta bendición del día: el camino a la laguna.

***
La laguna de Santo Cristo está ubicada a 3900 msnm y es la laguna de montaña más grande de Venezuela. Presenta un espejo de agua de 44 hectáreas, una longitud de más de 1,5 km, y un ancho de 700 metros.


Compartimos el almuerzo contemplándola. Javier se fue rápido y nos dejó casi un kilo de cambur y mandarinas. Luego de comer, Carlos y yo nos quedamos ahí abrazados, agradeciendo tanta majestuosidad: en un primer plano se ve anchísima, luego a medida que alzábamos la mirada, el cuerpo de agua se va haciendo más estrecho hasta perderse. Toda la laguna está bordeada por un bosque de coloraditos, un árbol típico de la zona. Recordamos que Rómulo nos contó que para darle la vuelta completa se debían invertir cuatro horas y que un día él había venido con Carlos Coste, un venezolano practicante de buceo en apnea y poseedor de varios récords, quien se sumergió para medir el fondo de la laguna y nunca lo encontró.


En medio de las reminiscencias, una gran bruma gris comenzó a venir desde la parte más lejana de la laguna, aquella neblina hizo una especie de manto que cubrió el espejo de agua hasta llegar a nosotros. Sentimos el viento glaciar sobre nuestros cuerpos, una caricia gélida sobre nuestros rostros.
A las 2 pm era hora de regresar, aunque nos queríamos quedar. Así que les aconsejo que cuando hagan esta ruta lleven su carpa, un día durmiendo aquí relajados debe ser otro nivel. Antes de partir formé el número 30 con unas piedritas blancas que encontré y tomamos un montón fotos.

Bajando de la colina un toro negro apareció en la escena y nos asustó un poco. Caminamos en silencio y bordeamos toda la zona para que no nos detectara. Afortunadamente salimos airosos, aunque luego un señor nos diría que son mansos. El regreso fue tranquilo, nos confundimos en una que otra parte pero ya teníamos marcada la ruta.
Justo antes de llegar al Alto de Santo Cristo (ascender nuevamente a los 4200 msnm) me sentí un poco mal, tenía dolor de cabeza e iba más lento. Carlos también sintió el cambio en su cuerpo. Lo mejor en estos casos es tomar suficiente agua e ir a un ritmo lento, les aseguro que poco a poco uno se va recuperando. También comimos chocolate
Nuevamente en el Alto nos sentamos diez minutos para descansar. Aproveché para que Carlos me hiciera unas fotos con los frailejones gigantes y continuamos nuestro camino, haciendo algunas paradas para recoger agua.

A medida que avanzábamos la tarde iba cayendo y nuestro paso se aceleraba porque queríamos llegar aun con la luz del día. La vuelta fue una especie de retiro espiritual para cada uno, que iba en silencio y a su ritmo.


Y como no íbamos a bajar por las morrenas malignas, tuvimos que caminar un poco más para llegar a las primeras casas de Las Piñuelas. A partir de ahí un perrito se nos pegó al paso.
El pueblo parecía fantasma. Ya eran las 6:30 pm y el frío hacía que la gente permaneciera encerrada en sus casas. Poco a poco comenzaron a aparecer los paisajes de Gavidia, el pueblito que conocí con mi grupo de teatro de la UCAB en el 2006, justo donde presentamos El Principito.
En una parte del camino nuestro acompañante canino comenzó a ladrarles a unos toros, que lo ahuyentaron con sus cuernos. Me dio susto. Carlos y yo pasamos tranquilamente y llamamos a nuestro amigo que se había quedado atrás luego de que lo regañáramos por su osadía.
            Finalmente llegamos a la Mucuposada Michicaba, una cabañita construida con técnicas artesanales. Estábamos molidos. Tomamos una ducha de agua caliente y nos fuimos a la cocina a preparar nuestra cena: una pasta con atún y salsa que habíamos llevado. Todo un lujo.

            Cenamos y aunque quería pasar las últimas horas de mí cumple despierta, el calorcito de la cobija nos arrulló. Nuestra quinta, sexta, séptima, octava bendición del día se hizo sueño.

El regreso
Al día siguiente aprovechamos para tomar fotos a las distintas rutas que ofrece la posada y cuando estábamos afuera desayunando algo, un señor del pueblo se acercó a hablar con nosotros.
            

          Llegó Rómulo, esperamos que almorzara y nos montamos en el jeep de regreso a Mucuchíes. Nos despedimos de las casas de Gavidia, atravesamos el cañón de Saguez, y varios caseríos. Una señora se montó con unas matitas de orégano y perfumó todo el jeep. Durante el regreso íbamos escuchando algunas conversaciones sobre la siembra: “El ajo bajó”. “Antes un guacal costaba 100 mil y ahora cinco guacales están en 20 mil”. “Una lata de semillas de zanahoria está en 270 mil”. “Hay un señor que me compra la papa R12 y nos paga casi dos meses después”. “Señor Rómulo, le tengo un comprador que si paga a tiempo y al precio que es”. Y así…


            Nos dejaron en Mucuchíes y nos despedimos de Rómulo. Almorzamos un par de sopas en Las Veladas. Y agarramos un carrito rumbo a Tabay. Aún quedaba camino hasta Mucunután, pero no importaba porque los regresos por la carretera del páramo siempre son mágicos.
En Tabay cerramos las ruta de mis 30 entre las montañas con un café con leche, un alfajor que habíamos comprado en Mucuchíes y un pan de coco. Aquí sentada en una mesa con Carlos, nuestra bendición.