
Aún recuerdo las cuchilladas en mi
vientre. No fue una metáfora ni algo pasajero. Fue algo que me ocurrió en la
fiesta religiosa del Santo Niño de la Cuchilla.
Salimos a las seis de
la mañana de Guaraque rumbo a Zea, una localidad del estado Mérida, enclavada
entre las montañas del Parque nacional General Juan Pablo Peñaloza (Páramos El
Batallón y La Negra) y los ríos Escalante y Guaruríes; donde todos los 6 de
enero se celebra esta festividad, una de las peregrinaciones más grandes del
estado Mérida.
Dice el evangelio sobre
el día de los Reyes Magos, que cuando éstos se encontraron al niño Jesús se
llenaron de inmensa alegría. Yo iba con mucha emoción a Zea, pese a que no
conocía prácticamente nada sobre esta fiesta religiosa. Solo me había quedado
con la imagen que me contó el padre Orlando sobre unos pobladores de Guaraque
que caminaban 14 horas desde su pueblo hasta Zea. El recorrido lo hacían la
noche anterior. Otra cuestión que llamó mi atención fue la imagen venerada: un
niño recién nacido, recostado en la losa de un sepulcro con el mundo en la
mano, la cabeza reclinada sobre el brazo derecho en actitud durmiente, con una
calavera por almohada.
Me impresionaba la
calavera debajo de la cabeza de un recién nacido. Luego leí que en cierto
sentido la imagen unía la Navidad con la Semana Santa.