
Mis hermanos y yo estamos en la parte de abajo del edificio donde vivía
mi madre. Les doy la noticia de su muerte. Caminamos rápido. Mi hermano no deja
de repetir que cuando entremos al cuarto pongamos a mi mamá boca abajo. Mi
hermana llora. Cuando llegamos al apartamento entramos al cuarto de mi mamá, el
verdadero, el que estaba junto a la cocina. Mi madre está muerta: acostada sobre su lado izquierdo, ojos cerrados,
boca abierta. Mi hermana vuelve a llorar a cántaros. Mi sobrino ve a su abuela.
Mi hermano llora y observa. Yo estoy parada en el umbral de la puerta y por
primera vez pienso que puede sanar. Mis hermanos y yo la llamamos: “¡Mamá!”, con
un llanto estridente. De pronto mi mamá comienza a temblar. Sus piernas de
alzan y recogen como las olas del mar, mi hermano se las intenta sujetar y mi
hermana le agarra la cabeza. El cuarto de mi madre se ha convertido en un
balcón lleno de plantas. Yo observo todo con atención, mi mamá abre sus ojos.
Al principio son solo dos puntos negros, muertos, montados en la esclerótica
roja, luego se transforman en ojos sanos que miran, la membrana que envuelve el
ojo blanca. Mientras contemplo la escena una fuerza me hala del suelo y
comienzo a levitar. Todos me ven. Yo comienzo a orar. Siento por todo mi cuerpo
una fe ardiente que me hace confiar que mi mamá sanó y que luego pensaremos en
cómo seguir afrontando su enfermedad. Sigo levitando, flotando irregular en el
espacio, mi cuerpo ladeado, las piernas sin control, soy de aire. Poco a poco
voy bajando frente a un altar donde está María. Me percato de que mis hermanos
y mi sobrino están sentados en una mesa con la imagen de la virgen de Coromoto
pintada en una tabla. Ella también está sentada en una silla, es nuestra mamá. Todos
en la mesa en aquel cuarto-balcón. Mi abuela Rafaela entra y le contamos que nuestra
madre resucitó. Nos ve sorprendida.