Desde hace rato la montaña me está
llamando. Y luego de estar nueve días en Mérida haciendo Ejercicios Espirituales,
trekking, trotando y conociendo a un par de abuelos que me robaron el aliento
estoy convencida que Dios se manifiesta privilegiadamente en las montañas y en
su gente. La ruta mágica hasta la Laguna La Coromoto, a 3000 metros sobre el nivel
del mar (msnm), en el Parque Nacional
Sierra Nevada, fue solo el inicio de esta aventura en la ciudad de Mérida, ubicada
en la parte media de la región andina venezolana, entre las sierras de La
Culata y Nevada. Una ciudad donde montaña y espiritualidad se entrelazan a
diario. Aquí la primera parte de esta historia
Salimos de Caracas hacia Mérida el domingo a las 7pm y caí como piedra en
el autobús. Abrí los ojos como a las 7am
y seguíamos rodando. Menos mal que mi compañero Carlos Murga no tiene el sueño
tan pesado y se encargó de vigilar durante el trayecto. Tráfico y algún otro
inconveniente del que no caí en cuenta por mi estado somnoliento nos dejaron en
Mérida a la 1pm. Dieciocho horas de viaje, diecisiete durmiendo y mis rodillas tullidas por el frío y la suspensión
de la “cómoda” poltrona, un invento que no es del todo bueno para las bajitas
como yo.
Mientras esperábamos nuestras maletas me encontré con una vieja amiga
Lucía y su esposo Rafael, Sara y el padre Miguel Centeno, quien nos guiaría en
esta experiencia de Ejercicios Espirituales (EE) bajo la metodología de San
Ignacio de Loyola, en San Javier del Valle, Mérida. Cinco días de silencio y de reencuentro con
aquello que nos conecta con lo más esencial, nuestro Principio y Fundamento, el
sentido de nuestra existencia humana con una perspectiva cristiana. ¿Qué quiere
Dios de nosotros en la tierra? ¿Cómo nuestro proyecto de vida puede hacernos
más hermanos?
Carlos y yo almorzamos una deliciosa trucha con champiñones y unos
batidos de mora y parchita en el Mercado Principal, y al rato nuestro compañero
del Centro Gumilla Mérida, Carlos Krish, nos pasó buscando para llevarnos hasta
el pueblo de Tabay, a unos 12 km de la ciudad de Mérida, donde pernotaríamos hasta el martes en la
noche, día en que comenzaríamos los EE.
Esa tarde-noche del lunes compartimos con unos amigos de Carlos Murga, la
mayoría de ellos cultores. Muchos de ellos vivían en Caracas pero la hostilidad
de esta ciudad así como la enorme dificultad de conseguir una vivienda los movió
a Mérida. Ahora lucen tranquilos y conectados con lo que hacen. También conocí
a un niño hermoso llamado Imoy (nombre wayuu) y comimos una pizza exquisita del
Restaurant Valentina, más el vinito de mora que compramos en una mercería
cercana.
El lugar que nos prestó nuestro compañero era acogedor y todos los
detalles dan cuenta que aquí vive la mamá de Krish. Crucigramas en alemán,
rompecabezas por armar y armados enmarcados en cuadros. Pasatiempos valiosos
para la mente y el espíritu. Y en la puerta un almanaque con mi mes, agosto, y
mi animal favorito, una tortuga verde enorme. Más que perfecto. Esa noche dormimos
escuchando música folklórica alemana. Otro descubrimiento.