Y vuelvo a ti dolorosa, embriagada, saqueada, triste,
manoseada, cercada Gran Sabana. Y me cuesta escuchar el idioma de brisa de las hojas
y los cantos de los grillos, sapos, pájaros. Hay un luto verde suspendido en
este territorio. Un lamento que sacude los cuerpos desde el 22 de febrero de
2019, el 8 de diciembre de 2018, desde hace mucho tiempo atrás. Llanto que
llora a sus muertos, llanto que se junta con las lágrimas de los que atraviesan
por primera vez la sabana para salir de Venezuela, sus ojos se conmueven ante
tanta belleza y el duelo que los empieza habitar sale como cascada para
juntarse con estos nuevos paisajes.
Vamos, venimos, damos, recibimos, estamos y huimos. Contar historias es el principal objetivo de este blog. La finalidad: Estar. [Rostros, crónicas de viaje, poesía]
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viernes, 11 de octubre de 2019
Gran Sabana
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el agua vale más que el oro,
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lunes, 4 de marzo de 2019
Febrero
No
me gusta la candela. Pero admiro a la mujer de las diez velas el día de la
virgen de La Candelaria. El desafío de la cera que no se derrama en la madera.
Yo
sé que la candela empieza cuando me siento en zazen y los pensamientos bullen:
el hombro izquierdo se vuelve piedra, las hormigas salen por los dedos, el agua
salada cae por mis senos, las lágrimas brotan inclementes.
La
candela es el duelo que se sale por todas partes.
Candela
también es la sangre que llega en luna llena, suerte de bruja cansada, que se
da cuenta de los dones del ciclo menstrual: retirarse.
Candela,
que el Ávila se quema y el oro se acrisola con fuego en la Gran Sabana. “Rafaela comunica este mensaje. La orden es matar, estamos huyendo montaña arriba”. Se
escucha el pesado paso del soldado, del corrupto, del matón. Fuego de muerte,
de miedo, de algo tan horrible, que hasta los tepuyes se doblan ante tamaña
pena.
¿Cómo le arrancan la vida al corazón?
¿Cómo le arrancan la vida al corazón?
No
me gusta la candela pero en febrero te hice tu primera misa. Necesité seis
meses. No quería que te nombraran ausencia, abuela Rafaela. Y el nudo entre el pecho y
la garganta ya no fue solo por ti. Asarüpöpë innaechí (estamos de duelo)
¿Qué
haré conmigo?
La
noche sufre. Yo me salgo por sus fisuras, me encuentro de frente con el piano,
la poesía, y los cuencos tibetanos.
No
me gusta la candela, pero si quisiera algo de ella sería su baile febril,
ardiente, para danzar sobre la tierra seca, con los ojos despiertos, y cantar
la esperanza del primer ser humano frente al fuego.
martes, 8 de enero de 2019
Bolívar
I
Nos adentramos al sur de Venezuela por
la troncal 10, ruta hacia La Gran Sabana, vena que atraviesa el costado
oriental del estado Bolívar. En la carretera: personas con sus rostros cubiertos.
Sus manos extendidas sostienen un envase plástico para recoger “la
colaboración”, colaboración que precisa tapar los huecos de la carretera que
dejó la ausencia de Estado. Taparlos con el asfalto derretido por el fuego
improvisado de ramas mártires. En la carretera: Ejército y guardia nacional.
Una lagartija que atraviesa apresurada. Los bidones de gasolina en los techos de los
carros (cada quien asegura). Las pimpinas que se venden a la orilla de la
carretera (por si acaso)
Callao. Dos mujeres
negras inmensas bailan calipso. El sol ya destiñó sus trajes.
Carretera ondulada,
serpiente arcoíris, pájaro que recoge su presa veloz para alzar el vuelo.
Tumeremo. Movimiento.
Comercio. “Pollo para el minero”. “Comercializadora Monte Roraima”. “Bloquera
Buen Samaritano”. Masacre. Dolor. “Solo queremos los cuerpos”.
El Dorado. ¿Dónde está?
Las Claritas. Carretera
de tierra, huecos, charcos de agua, gente vendiendo mercancía. Carteles pegados
en las puertas del supermercado: “Oro x comida”. “Oro x transferencias”. La
pancarta de la empresa mixta colgada en las rejas del portón, de lo que parece
ser su sede: “Siembra Minera. Operaciones”. Pacas de comida en las puertas de
los comercios. Un hombre en la calle con una cesta llena de desodorantes y
pastas de dientes. Un tarantín con cartones de huevo a 700 bolívares
(obviamente en efectivo); otro con medicamentos. Más pacas de arroz, pasta,
harina de trigo, sal. Un puesto de mototaxis. La carrera más barata 500
bolívares y la más cara 3000 (noviembre 2018).
Si hubiese que elegir
uno de los lugares más amargos de Venezuela sería Las Claritas. Es mirar a
través de una ventana cómo funciona la minería. Porque Las Claritas es una mina
a orilla de carretera. En Las Claritas se rebusca la dignidad en la basura, el paisaje
clama por un emisario, y solo los valientes se aferran a su pasado para
seguir. La feria humana se queda metida
en las pupilas y es inevitable preguntarse: ¿cómo será lo que no veo?
jueves, 6 de diciembre de 2018
Itekare yuwa (En busca de la historia)
Estar donde inició todo. Frente al wadaka, el árbol de todos los frutos. Presencia divina en lo terreno. Aprender de los niños con el dibujo, el canto, los sonidos, la percusión corporal, los caminos, los ríos.
Encontrarse pronunciando las primeras palabras en pemón, repitiendo lo jamás olvidado: kaikuse 🐅 wei
menewo
kapuy
katuru
tunä
apök 
.
Los espíritus protegiendo los tepuyes (sampa, kukenan, wadaka...), la brisa atravesando la ropa, el arcoiris volcándose a la tierra, la luna llena y las constelaciones, los niños jugando con el fuego, Francisco buscando leña, el olor de los primeros fogones, el tumá, el casabe y el kachirí sobre la mesa, los bachacos haciendo su nido, los niños pelando y rallando la yuca y la batata para hacer casabe y kachiri, la neblina que cubre los cerros, Florentino repitiendo lo jamás olvidado -utamonton pantonü- Santiago traduciendo y compartiendo su vida con nosotros, la profesora Julia levantándose a pesar de su enfermedad y enseñando, Julieta -con sus años- montada en una escalera recogiendo onotos, la luna frente al sol a las seis de la mañana, los baños con agua fría en la oscuridad porque en la comunidad no hay energía eléctrica, el suelo que brilla por los pedacitos de cuarzos, las gallinas y los pollos sueltos, el baile parichara y el kewei tocando el suelo, los tres loros traviesos, las casas de bahareque y zinc, la gente con sus wayares marchándose al conuco, las hojas de guayaba y mango hirviendo en la olla para el dolor del cuerpo, las mujeres hospitaleras, escuchar sobre el mayu... El sonido de los carros muy lejos en la carretera y muy cerca cuando Luis lo sacaba de sus entrañas, corriendo como camión.
.
No me olvido de El Oso, comunidad pemón en La Gran Sabana, que nos recibió para compartir y trabajar con los niños que asisten a la Escuela Unitaria Fe y Alegría.
.
Si le preguntas al indígena pemón qué quiere te dirá: "Mantener mi cultura". Si le preguntas para qué aprende, te responderá: "Para la vida".
.
Iña maimu.
(Esta es mi palabra)
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PEUBLO PEMON,
SANTACLARA DEL OROS
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