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martes, 8 de enero de 2019

Bolívar



I
Nos adentramos al sur de Venezuela por la troncal 10, ruta hacia La Gran Sabana, vena que atraviesa el costado oriental del estado Bolívar. En la carretera: personas con sus rostros cubiertos. Sus manos extendidas sostienen un envase plástico para recoger “la colaboración”, colaboración que precisa tapar los huecos de la carretera que dejó la ausencia de Estado. Taparlos con el asfalto derretido por el fuego improvisado de ramas mártires. En la carretera: Ejército y guardia nacional. Una lagartija que atraviesa apresurada.  Los bidones de gasolina en los techos de los carros (cada quien asegura). Las pimpinas que se venden a la orilla de la carretera (por si acaso)
Callao. Dos mujeres negras inmensas bailan calipso. El sol ya destiñó sus trajes.
Carretera ondulada, serpiente arcoíris, pájaro que recoge su presa veloz para alzar el vuelo.
Tumeremo. Movimiento. Comercio. “Pollo para el minero”. “Comercializadora Monte Roraima”. “Bloquera Buen Samaritano”. Masacre. Dolor. “Solo queremos los cuerpos”.
El Dorado. ¿Dónde está?
Las Claritas. Carretera de tierra, huecos, charcos de agua, gente vendiendo mercancía. Carteles pegados en las puertas del supermercado: “Oro x comida”. “Oro x transferencias”. La pancarta de la empresa mixta colgada en las rejas del portón, de lo que parece ser su sede: “Siembra Minera. Operaciones”. Pacas de comida en las puertas de los comercios. Un hombre en la calle con una cesta llena de desodorantes y pastas de dientes. Un tarantín con cartones de huevo a 700 bolívares (obviamente en efectivo); otro con medicamentos. Más pacas de arroz, pasta, harina de trigo, sal. Un puesto de mototaxis. La carrera más barata 500 bolívares y la más cara 3000 (noviembre 2018).
Si hubiese que elegir uno de los lugares más amargos de Venezuela sería Las Claritas. Es mirar a través de una ventana cómo funciona la minería. Porque Las Claritas es una mina a orilla de carretera. En Las Claritas se rebusca la dignidad en la basura, el paisaje clama por un emisario, y solo los valientes se aferran a su pasado para seguir.  La feria humana se queda metida en las pupilas y es inevitable preguntarse: ¿cómo será lo que no veo?

lunes, 31 de diciembre de 2018

Diciembre



I
Cruzar la línea huyendo del hambre y la enfermedad. Encontrarte al otro lado arraigándote a lo que eres: wajibaka, janoko, yuruma, moriche, chinchorro, warao. A veces la distancia hace conocerte mejor. ¿Cómo viven los warao en Pacaraima? Resistiendo el más insoportable de los despojos. Y así se sientan “como árbol caído”, “como que vamos a canalete”,  nadie puede quitarles la raíz fundamental, su cultura, su idioma.
Raíz. Curación. Madre.
Raíz de los que se adaptan en nuevos territorios. Raíz que integra y no desplaza. Raíz que se prepara para convivir. En eso andan algunos warao por allá en Brasil, ya Dios les mandó a Jesús, Felipe, Peggy para que los acompañen, ya les contaremos más, pero hace falta mayor solidaridad.

viernes, 10 de noviembre de 2017

La fuerza del jebumataro



Dieciséis días antes de morir su padre lo llamó y le dijo: “Hijo me muero. Aunque sea quédate con algo”. Pedro salió corriendo, buscó un cuaderno y un lápiz, y regresó al regazo del anciano quien comenzó a dictarle oraciones para curar la nobara (enfermedad)
            El padre de Pedro era wisidatu (dueño del dolor), el chamán o sacerdote étnico que sirve de mediador entre su pueblo y el jebu (espíritu malo). No le gustaba que lo llamaran brujo sino curandero. Él conocía el secreto de las plantas y cómo se utilizaban.Los warao siempre lo buscaban. Llegaban a medianoche y Pedro se preguntaba: “¿Será que a mi papá le pagan?”. No le pagaban. Pero mientras sanaba al enfermo, la madre de Pedro cocinaba un menjurje de matas que ayudaban a aliviar el dolor.
Un día el jefe de la comunidad reunió a un grupo de wisidatu, entre ellos estaba el padre de Pedro, porque se estaba muriendo mucha gente y no encontraban la causa. Y comenzaron a sonar el jebumataro o marimataro, una maraca utilizada para las curaciones. Las piedras que están dentro son cuarzos que ahuyentan a los jebus. Algunos sanaron. Pero muchos tenían la jebu sabana, que son enfermedades que vienen de afuera, y murieron, especialmente niños que tenían fiebre, diarrea y vómitos.

miércoles, 16 de marzo de 2016

Excursiones misioneras: viaje al fondo del delta del Orinoco


Recientemente leí en una crónica esta frase: “El turista nunca sabe dónde estuvo; el viajero nunca sabe a dónde va”. Les cuento esto porque cuando vas en una curiara a motor por el Delta del Orinoco uno no deja de asombrarse de tanta belleza junta. El cielo, los caños, los manglares, los moriches, los palafitos, nuestros hermanos waraos, todo en un perfecto contraste. Pero si profundizas, si preguntas, si te empapas, verás que todo lo que brilla no es oro, verás cómo tanta belleza junta también guarda muchas de las desgracias de la humanidad. Enfermedades que van destrozando la vida de los indígenas waraos. Algunas muy visibles como la escabiosis noruega, la desnutrición y la tuberculosis. Otras de muerte lenta y silenciosa como VIH-SIDA.
Como el viajero de la frase yo pensaba que no sabía a dónde estaba yendo, pero con este viaje descubrí que estaba visitando uno de los lugares más olvidados por los gobiernos de turno. Fueron ocho días los que estuvimos en San Francisco de Guayo, una comunidad fundada como centro misional por los padres capuchinos en 1942, y a la que, posteriormente, llegaron las hermanas terciarias capuchinas en 1951.