Mostrando entradas con la etiqueta Bolívar. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Bolívar. Mostrar todas las entradas

viernes, 11 de octubre de 2019

Gran Sabana



Y vuelvo a ti dolorosa, embriagada, saqueada, triste, manoseada, cercada Gran Sabana. Y me cuesta escuchar el idioma de brisa de las hojas y los cantos de los grillos, sapos, pájaros. Hay un luto verde suspendido en este territorio. Un lamento que sacude los cuerpos desde el 22 de febrero de 2019, el 8 de diciembre de 2018, desde hace mucho tiempo atrás. Llanto que llora a sus muertos, llanto que se junta con las lágrimas de los que atraviesan por primera vez la sabana para salir de Venezuela, sus ojos se conmueven ante tanta belleza y el duelo que los empieza habitar sale como cascada para juntarse con estos nuevos paisajes.

jueves, 4 de julio de 2019

A cielo abierto



A cielo abierto cuerpos sumergidos en barro y mercurio buscan el rastro de algo que no fue. Sueñan la vida nueva mientras una bestia los atrapa. Ciclo perpetuo de explotación en una rueda que no para de girar.

Desnudos otra vez en el hueco telúrico se diluyen los paraísos dorados. Una grama que sin salir ya se gastó.

A cielo abierto tanto olvido encontró una forma de sobrevivir. Y a las fosas comunes le dan sombras los culpables. Guarden un minuto de silencio en la ciudad: “Nosotros solo queremos los cuerpos”.

Yo ahora procedo a alentarme. Bien vale explicar de nuevo que esto no es vida: desayunar promesas y atardecer vacunas.

“El minero ya no sabe lo que vale su sudor”, canta Violeta.

Terribles días.

Trágica grama (con todo lo amargo de su asunto)

A cielo abierto se patrocina el despojo y el corazón se viste de difunto mientras muerdo mi pañuelo.

martes, 8 de enero de 2019

Bolívar



I
Nos adentramos al sur de Venezuela por la troncal 10, ruta hacia La Gran Sabana, vena que atraviesa el costado oriental del estado Bolívar. En la carretera: personas con sus rostros cubiertos. Sus manos extendidas sostienen un envase plástico para recoger “la colaboración”, colaboración que precisa tapar los huecos de la carretera que dejó la ausencia de Estado. Taparlos con el asfalto derretido por el fuego improvisado de ramas mártires. En la carretera: Ejército y guardia nacional. Una lagartija que atraviesa apresurada.  Los bidones de gasolina en los techos de los carros (cada quien asegura). Las pimpinas que se venden a la orilla de la carretera (por si acaso)
Callao. Dos mujeres negras inmensas bailan calipso. El sol ya destiñó sus trajes.
Carretera ondulada, serpiente arcoíris, pájaro que recoge su presa veloz para alzar el vuelo.
Tumeremo. Movimiento. Comercio. “Pollo para el minero”. “Comercializadora Monte Roraima”. “Bloquera Buen Samaritano”. Masacre. Dolor. “Solo queremos los cuerpos”.
El Dorado. ¿Dónde está?
Las Claritas. Carretera de tierra, huecos, charcos de agua, gente vendiendo mercancía. Carteles pegados en las puertas del supermercado: “Oro x comida”. “Oro x transferencias”. La pancarta de la empresa mixta colgada en las rejas del portón, de lo que parece ser su sede: “Siembra Minera. Operaciones”. Pacas de comida en las puertas de los comercios. Un hombre en la calle con una cesta llena de desodorantes y pastas de dientes. Un tarantín con cartones de huevo a 700 bolívares (obviamente en efectivo); otro con medicamentos. Más pacas de arroz, pasta, harina de trigo, sal. Un puesto de mototaxis. La carrera más barata 500 bolívares y la más cara 3000 (noviembre 2018).
Si hubiese que elegir uno de los lugares más amargos de Venezuela sería Las Claritas. Es mirar a través de una ventana cómo funciona la minería. Porque Las Claritas es una mina a orilla de carretera. En Las Claritas se rebusca la dignidad en la basura, el paisaje clama por un emisario, y solo los valientes se aferran a su pasado para seguir.  La feria humana se queda metida en las pupilas y es inevitable preguntarse: ¿cómo será lo que no veo?

jueves, 24 de septiembre de 2015

La hermana Zaida Pérez

La hermana Zaida Pérez tiene 10 años viviendo en Kavanayén, una comunidad al sur del estado Bolívar donde viven los indígenas de la etnia pemón. Trabaja en el internado de las niñas y apoya como docente en la escuela de la comunidad. Ahí está junto a un sacerdote capuchino y tres hermanas franciscanas más. El 7 de septiembre estuvo en el Centro Gumilla y el padre Trigo me la presentó.