Pasan los rosados del atardecer escuchando noticias de
sangre. Hoy es difícil apreciar la belleza, pero sin ella todo está muerto. Wiu
wiu. Revolotea el pájaro de mal agüero en Kanaimö y su canto se escucha en todo
el territorio pemón (y más allá). Por la ventana se asoma el gris del inicio de
la noche. Las nubes resisten, los trazos rosas forcejean, pero es inevitable,
la noche siempre llega.
Wiu wiu
—¿Quién eres tú, el alma de un compañero?
Wiu wiu sigue cantando.
Otra vez nos mienten. Otra vez nos van a matar. Otra vez
la sangre. Otra vez el despojo.
Otra vez el pájaro que avisa de los peligros.
El alma se entristece.
La tierra escucha paciente el grito de los que caen. Las
balas encuentran refugio en las copas de los árboles. Cuando Charlie abre los
ojos, todo a su alrededor es rojo brillante. Memoria que se escurre por sus
venas. Sus ojos en exilio observan la sabana. El derrame cauteloso de las
nubes. El día convertido en desgracia. El bagazo de su caña ha quedado vacío.
Ekatón.
“Han matado a uno de nosotros como si no fuese persona”.





