domingo, 22 de marzo de 2020

#Diario2020


Caracas, martes 22 de marzo de 2020
(Sub-diario de una cuarentena por la pandemia de Coronavirus en Venezuela, día 7, #diariosdeencierro)

Anoche soñé con mi abuela. Su casa estaba llena de gente y por las escaleras bajaban más y más personas. Vi a mi abuela sentada en una de las sillas del comedor y me dijo algo que no recordé cuando desperté. Lloré casi toda la mañana. Hoy es día de agua.

Creo que todos los ancianos muertos por la pandemia de coronavirus y este recogimiento han hecho que el duelo se despierte de nuevo. Un año, seis meses y veintiséis días no son suficientes. Creo que cuando escuché a Ángela Merkel, diciendo en su discurso, que por prevención los abuelos debían estar separados de los nietos algo se rompió dentro de mí. Mi abuela me crio, solo me vi separada de ella cuando entré a la universidad. Todavía no sé qué sería de mí sino recordara todos los saberes que me transmitió. Esa sal de la tierra que ella esparció en mí.

miércoles, 12 de febrero de 2020

Enero 2020


De qué trata esta esterilidad que me habita cuando no encuentro la palabra.  ¿Acaso no debería estar preparada para estas tormentas? Vivo en ellas y sin embargo me sigue costando atravesarlas. Veo el álbum de fotos y lloro. Enjuago los morados en mis piernas. Maldigo los intentos frustrados de aprender andar en bicicleta. Escribo los acontecimientos más importantes de una década que termina. Reviso mis lecturas de este mes. Son los libros los que me han salvado en estos tiempos. Cuando intento protegerme de la enfermedad materna, enfermo de una gripe que me envía el universo para que resuelva nada más que mi propia existencia. La familia está cansada. Yo también. Cómo se me ocurrió pensar que jamás me ocurriría. Atenea se fue a la ermita y no regresa.

sábado, 18 de enero de 2020

Diciembre 2019



¿Era este el murmullo indiferente/de la otra habitación, lo que testificaba […] / la sabiduría reunida/ en el sacrificio?

Contemplo mis manos. Mis libros en bolsas y maletas dentro del carro. Ya me fui. Me fui de esta casa de viento que arrasa, pega, enfría, duele. Casa de hilos de seda que atrapan a la presa. Elevo la mirada a la montaña iluminada por los últimos destellos de esta tarde de 24 de diciembre. Un susto se aloja en el pecho, susto de algo que no fue como esta casa tierra de nadie que intenté sembrar.  Y digo en voz alta ¡ya me fui! por el solo hecho de escucharme. Y cuando lo digo, las palabras salen como humo y las respiro y pasan a mis pulmones y vuelven a salir por la nariz y las vuelvo a mirar. Se quedan ahí frente a mis ojos por unos segundos, luego entra la brisa por la ventana del carro, intenta llevárselas, forcejean, se quedan. Ya - me - fui.

miércoles, 25 de diciembre de 2019

Noviembre 2019


Y yo me pregunto si una puede parir menstruando, si puede haber nacimiento sin dolor, si la felicidad anestesia los calambres que mensualmente se alojan en el vientre. Y veo a mi hermana delante con su barriga frondosa, y a mi prima en sus trabajos de parto, y a la sacerdotisa de la carta del tarot sentada en su huevo anunciándome desde hace tres años que algo se está incubando, y a mi abuela entre el público cumpliendo un año y tres meses de muerta, y me veo a mí, sentada a mí, sentada ahí ese 26 de noviembre, casi en la esquina, con la mirada baja, escuchando, ahí, justo ahí, respirando, nerviosa, me veo a mi pariendo un libro.

sábado, 30 de noviembre de 2019

La Fuerza del Jebumataro



  

Una carpa en un jardín lleno de árboles. El tiempo detenido en las miradas amorosas, familiares y desconocidas hasta hoy. El padre, mensajero de su hija Valeria, una compañera de la universidad que ya no está en Venezuela, ha venido en nombre de los que están lejos pero con el corazón de estas tierras. Mis guías sentados junto a mí: Liza, Alfredo, Manuel, Monsonyi. Mi primer libro La Fuerza del Jebumataro acompañado por la historia de los objetos que comparten la mesa con él: unas cestas y una curiara hechas por el pueblo warao que he traído de mis viajes; otra cesta yukpa que le compré a Opirashi cuando vino a Caracas y vendió artesanía para poder comer; una maraca fabricada por un artesano de nombre Kia-Barú Gómez.

viernes, 29 de noviembre de 2019

Octubre 2019



Saco mis raíces de la tierra, las meto en la maleta y parto a Roma navegando desde el río Orinoco, surcando el Atlántico, pasando el Mar Tirreno, aquietándome en el Tíber. Voy en el vientre de mi wajibaka (curiara) hecha del árbol de cachicamo rojo. Mi jai (remo) es la palabra de los pueblos. Soy periferia que va al centro. Todavía tengo el sabor del aurosá en mi boca, el viento de la Gran Sabana y la lluvia que los waranipi desataron golpeando las nubes. Hace nada estuve en la Amazonia venezolana ahora en Ciudad del Vaticano, nada es casual.