sábado, 2 de noviembre de 2019

Tutti santi, tutti morti



Camino por el medio de los armarios de mármol que guardan a mis muertos. Los velones de parafina y las luces artificiales danzan en una llama eterna. Benedetta va apoyada en su bastón, Mimí y yo la seguimos con las flores y la luz. Yo pregunto por una cosa y me responden con la loza sin nombre. “É per me”, me dice la zia con sus 80 años y sonríe. Yo la abrazo y le digo que no diga eso. Niego la muerte. Descubro que Mimí no es de piedra.  

jueves, 31 de octubre de 2019

Pomodoro


Me asomo en la puerta. En el taller de zia Benedetta no hay nadie pero la cocinita está encendida y tiene una olla llena de tomates en agua hirviendo. En la radio suena una ópera. La zia atraviesa otra puerta, se acerca a la mesa, saca los tomates de la olla, los pasa a un envase de plástico y deja que se enfríen. Son pomodoros de su propia cosecha, los últimos antes de que empiece el invierno, así que no han nacido tan grandes. Minutos después comienza el trabajo. La piel del tomate en un recipiente, las semillas en otro y los frutos desnudos en un sartén. Me uno al proceso. Pelamos decenas de tomates.

Septiembre 2019



En septiembre acogí un temporal. Las gotas podridas me salpicaron. Mi abuela conmigo ayudándome a cruzar la calle, yo con mi miedo y mis pies hinchados que no entran en los zapatos,  ella deteniendo los carros. La vi en sueños junto a su casa, las demandas de la gente, los baños, el vómito y el agua sucia.

Me refugio en Antonia Palacios con su Viaje al Frailejón, París y tres recuerdos y su poesía. Anoto frases que me guían en este remolino. Intento verbalizar lo que voy aprendiendo del ecofeminismo y voy a parar al lado de una comadre de colores indígenas, sabia, llana, purpura,  mujer. Gritamos por la vida de la Amazonia en la movilización mundial por el clima y me preparo para ir hasta ella verde, frondosa, saqueada, mujer en el estado Bolívar.

viernes, 11 de octubre de 2019

Gran Sabana



Y vuelvo a ti dolorosa, embriagada, saqueada, triste, manoseada, cercada Gran Sabana. Y me cuesta escuchar el idioma de brisa de las hojas y los cantos de los grillos, sapos, pájaros. Hay un luto verde suspendido en este territorio. Un lamento que sacude los cuerpos desde el 22 de febrero de 2019, el 8 de diciembre de 2018, desde hace mucho tiempo atrás. Llanto que llora a sus muertos, llanto que se junta con las lágrimas de los que atraviesan por primera vez la sabana para salir de Venezuela, sus ojos se conmueven ante tanta belleza y el duelo que los empieza habitar sale como cascada para juntarse con estos nuevos paisajes.

domingo, 22 de septiembre de 2019

Agosto 2019



Agosto inició con una gripe que bajó todas mis defensas y me tendió en una cama (siempre me enfermo cuando termina el primer semestre del año) Encierro y gripe me lanzaron nuevamente a Paula, una novela de Isabel Allende (para mí, un diario).

Cuando Paula, la hija de Isabel Allende, cae enferma, la autora decide escribirle una carta: “Estaba segura de que mi hija iba a despertar, pero suponía que tal vez no recordaría su pasado y yo tendría que contárselo. Me propuse explicarle de dónde venía, cómo era su familia, quiénes éramos los que la amábamos, empezando por su marido, Ernesto”.

Me percaté que había empezado a leer este libro en julio pero lo dejé. Para qué me voy a poner a mirar algo triste, ya tengo suficiente, me dije.

En agosto ya estaba sumergida en la historia, leía durante horas.

jueves, 19 de septiembre de 2019

Mis 33 en la montaña


A veces necesito silencio para contemplar mi paso por esta vida. Entonces me abro camino en la humedad verde del Ávila, escucho el saludo de los colibríes, me envuelvo en mariposas oscuras y desato el tejido de las arañas en los caminos poco transitados. Mis pies se hunden en las hojas pastosas del bosque, escalan rocas y crujen los granos de arena de la Fila Maestra. El viento se mete debajo de mi camisa, muerde mis senos, me restriega las carnes y tambalea mis andanzas. Los ojos llenos de Mar Caribe y edificios de ciudad atrapan este rincón del mundo que habito. Camino y siento que estoy en cada hoja, en cada piedra, en cada rayo solar, en cada pájaro. Soy todo lo que existe. El espíritu de mi abuela me observa porque hace tres días ella también cumplió un año de su paso a otro plano. Por allá, encima del Pico Oriental, pasa envuelta en una bandada de nubes rumbo al mar. Rafaela siempre fue agua salada. Aferro mis manos a las piedras para ayudarme. Ignacio va a mi lado. Yo voy dentro, en su alma.