I
Llegamos
a ti por tierra. Sorteamos tres bombas de gasolina, vimos un camión cava repleto
de bidones, “quédese calladita, póngase en un ladito y espere, sino no le van a
echar”, le dijeron a nuestra compañera. Seguimos por la carretera agujereada,
cansada de esperar. Nos montamos en la gabarra con la oscuridad sobre nuestras
cabezas, mientras una parte del cielo se rasgaba amenazante iluminando las
ondulaciones frenéticas del Orinoco. Si Venezuela fuera un rompecabezas, tu,
Amazonas, estarías despegada por esa anchura líquida, agua paterna. Tú eres la
pieza que no termina de cuajar, no porque no cuadres, sino porque te olvidan.





